Somos un Colectivo que produce programas en español en CFRU 93.3 FM, radio de la Universidad de Guelph en Ontario, Canadá, comprometidos con la difusión de nuestras culturas, la situación social y política de nuestros pueblos y la defensa de los Derechos Humanos.

miércoles, 28 de junio de 2017

Macri pasando la gorra y haciendo el ridículo en China


jornada.unam.mx

José Steinsleger

Con un volumen de comercio bilateral cercano a 15 mil millones de dólares (mmd), China ya es el segundo socio comercial de Argentina en América Latina, después de Brasil. Una relación que viene creciendo vertiginosamente desde 2001, y con inversores de empresas estatales del país asiático que operan en negocios petroleros, bancos, energía y otros sectores en todo el territorio nacional.
En 2001, Argentina vendía a los chinos 1.2 mmd (tubos de acero sin costura, maquinaria agrícola, vinos finos embotellados, productos cárnicos, lácteos, caballos, frutas frescas), y compraba a su vez 1.1 mmd de productos de alto y mediano valor tecnológico. En 2003, las ventas ascendieron a 2.6 mil mmd, pero las importaciones cayeron en 703 md. Y en 2008 (con ventas por 6.4 mmd, y compras por 7.1 mmd) empezó el déficit comercial.
Sin embargo, con mirada larga, los chinos ven en Argentina algo más que un socio comercial deficitario. A mediano plazo, su interés radica en la capacidad de este país para abastecer la demanda de 600 millones de personas, tal como está previsto en el Plan Estratégico Agroalimentario 2020.
La fuerte aparición de China en la economía argentina empezó con la visita del primer ministro Wen Jiabao, después de la cumbre del G-20 en Los Cabos (México, junio 2012). Dos años después, en visita oficial y al frente de un centenar de empresarios, el presidente Xi Jinping confirmó en Buenos Aires el financiamiento de un amplio plan de obras públicas diseñados por el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.
Básicamente, la multimillonaria inversión en dos represas hidroeléctricas en la provincia patagónica de Santa Cruz, y la modernización del ferrocarril Belgrano-Cargas (la red ferroviaria más extensa de Argentina, con más de 47 mil kilómetros, y 100 mil de rieles) para construir 1.4 miles de kilómetros de vías, 50 locomotoras y 2 mil 550 vagones, por un valor de 2.5 mmd.
China funciona en Argentina como inversor y prestamista, facilitando la presencia del país en el volátil sistema financiero internacional, vía bancos europeos, estadunidenses o japoneses. Cosa que un gobierno económicamente fracasado debería agradecer, ya que sin la anunciada lluvia de inversiones lleva una gestión de 15 meses a la deriva, y totalmente cautivo del endeudamiento agresivo, las inversiones especulativas, y la bicicleta financiera fogoneada por el blanqueo (o repatriación) de capitales.
Los chinos ven a Macri con un ojo cerrado. Durante la campaña de 2015, por ejemplo, el presidente hacía gala de su hostilidad a los proyectos de integración subregional (BRICS, Mercosur), adelantando que de ganar las elecciones apoyaría el ingreso de Argentina al Tratado Transpacífico y la Alianza del Pacífico para “…volver al mundo” (sic), reviviendo el fallido ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) de 2005.
El entonces candidato envió incluso una insólita carta al embajador chino en Buenos Aires, expresando su preocupación por la inconstitucionalidad y falta de transparencia en los acuerdos bilaterales firmados en julio de 2014 por el gobierno de Cristina. Pero en octubre de 2015, a un mes de la victoria de Macri, Donald Trump ganó las elecciones, y los chinos dejaron claro que si el nuevo gobierno intentaba anular las represas patagónicas, debía olvidarse de nuevos proyectos, y hasta las estratégicas exportaciones de soya quedaban en cuestión.
El mes pasado, en China, tuvo lugar el foro Una franja y una ruta para la cooperación internacional, magno evento geoeconómico y geopolítico al que asistieron 28 jefes de Estado, 50 organizaciones internacionales, y numerosos ministros, académicos y empresarios del mundo asiático. Acto en que Estados Unidos, Francia, Japón y Reino Unido estuvieron representados por delegaciones, mientras de América Latina sólo estuvieron los presidentes de Chile y Argentina.
En vísperas del foro, curándose en salud, el ministerio de Finanzas argentino publicó un Plan Quinquenal Integrado China-Argentina para la cooperación en infraestructura (2017-2021), memorando de entendimiento entre los gobiernos de Argentina y China, y remedo del convenio Marco de Cooperación, suscrito en julio de 2014 por el gobierno de Cristina Fernández.
Macri y Xi firmaron un total de 16 acuerdos bilaterales de cooperación, por un total de 17 mmd (de los que 10 acuerdos ya habían sido acordados con Cristina), a más de un par de centrales de energía nuclear, por 12.5 mmd.
Sin dejarse apabullar, los chinos reiteraron que antes de avanzar en cualquier otra iniciativa, esperaban detalles del informe ambiental que la Corte Suprema exige para reactivar las obras hidroeléctricas acordadas por el gobierno de CFK.
En todo caso, el oficialismo tiene paralizado en el Congreso dicho estudio ambiental por un par de causas de Ripley: primero, porque el rabino y ministro de Medio Ambiente, Sergio Bergman, admitió públicamente que nada sabe de los asuntos de su cartera. Y luego, porque la empresa Electroingeniería (contraparte de Gezhouba, la corporación china que ganó la licitación), ha sido calificada de kirchnerista por un gobierno que asegura estar más allá de las ideologías.

Colombia: adiós a las armas



En un acto realizado en la localidad de Mesetas, departamento del Meta, el gobierno de Colombia y la dirigencia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) celebraron ayer el fin del proceso de entrega de armamento por parte de esa organización guerrillera, en el contexto del proceso de paz que empezó con encuentros secretos en Noruega y Cuba hace ya seis años, y fue dado a conocer oficialmente en septiembre de 2012, pasó por la declaración del cese definitivo de hostilidades en junio de 2016 en La Habana, tropezó con el rechazo ciudadano en un plebiscito efectuado el 2 de octubre de ese año y culminó con la firma de los acuerdos de paz, renegociados y modificados el 24 de noviembre, en Bogotá.
El máximo líder de la ahora desmovilizada agrupación insurgente, Rodrigo Londoño, alias Timochenko, señaló que el mecanismo de supervisión y verificación del cese al fuego y hostilidades acredita que no le fallamos a Colombia; hoy dejamos las armas. Por su parte, el presidente Juan Manuel Santos dijo a los ex guerrilleros: Hoy, al depositar las armas que tenían con ustedes en los contenedores de las Naciones Unidas, los colombianos y el mundo entero saben que nuestra paz es real y es irreversible.
Cabe felicitarse, sin duda, por este nuevo paso que consolida el proceso de paz en la nación sudamericana, la cual padeció una guerra que la desangró por más de medio siglo.
Sin embargo, debe tenerse presente que el fin formal de la guerra no necesariamente se traduce en una paz sólida, como demuestra la historia de la propia Colombia. En efecto, tras la desmovilización de varios grupos y frentes guerrilleros, en 1985, y la decisión de sus integrantes de fundar la organización Unión Patriótica (UP) para participar en política por la vía electoral, entre 3 mil y 5 mil militantes de ese partido –incluyendo a dos candidatos presidenciales, ocho legisladores y 13 diputados– fueron asesinados por grupos paramilitares, y por militares y policías en activo, como parte de un plan castrense, oligárquico y delictivo para impedir que la UP y la izquierda colombiana ocuparan un espacio significativo en la arena electoral.
Hoy, el enemigo máximo de la inserción de los desmovilizados de las FARC en el panorama institucional colombiano es el ex presidente Álvaro Uribe Vélez, un ultraderechista a quien diversos reportes de inteligencia y de prensa han vinculado con el narcotráfico y el paramilitarismo, y quien procuró torpedear el proceso de paz desde sus inicios. Lamentablemente, Uribe goza de un amplio apoyo electoral en sectores que no han logrado comprender la esterilidad de los empeños por derrotar militarmente a una organización guerrillera que sobrevivió a más de cinco décadas de acoso militar.
Por ello, los partidarios de la paz en Colombia deben hacer frente, hoy, a un desafío aun mayor del que representaron las dificultades de la negociación, la desmovilización, el reagrupamiento y el desarme de los ex guerrilleros: para que la paz pueda cobrar cuerpo y prosperar, deberán derrotar políticamente a los partidarios de la venganza, la guerra y la muerte. Por el bien de todos los colombianos, de los latinoamericanos y del mundo, cabe hacer votos por que lo consigan.

martes, 27 de junio de 2017

Organismos internacionales rechazan nuevo intento de indultar a Fujimori


Perú
CNDDHH

La Fundación para el Debido Proceso (DPLF), el Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (CEJIL) y la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA), expresan su preocupación por la creciente presión ejercida por diversos sectores al Presidente de la República del Perú, para que otorgue indulto humanitario al ex mandatario Alberto Fujimori.
Alberto Fujimori fue condenado a 25 años de prisión en un proceso judicial que respetó las garantías del debido proceso, y mediante el cual se probó su responsabilidad en varios hechos criminales, entre ellos, la matanza de 15 personas en Barrios Altos, incluyendo un niño de ocho años; la desaparición forzada de diez personas de la Universidad La Cantuta; y el secuestro de Gustavo Gorriti y Samuel Dyer. El juicio y su sentencia han sido ejemplo para el mundo de lucha contra la impunidad.
El indulto presidencial es potestad del Presidente de la República, pero existen límites en su aplicación, tanto por la legislación nacional como por el derecho internacional.
El derecho internacional prohíbe la aplicación de amnistías, indultos, u otras excluyentes de responsabilidad a personas que han sido encontradas culpables de crímenes de lesa humanidad. Al respecto, la Corte Interamericana de Derechos Humanos encontró que los crímenes perpetrados en el caso La Cantuta constituyen crímenes de lesa humanidad. La responsabilidad del ex mandatario Fujimori por los casos Barrios Altos y La Cantuta y el carácter de lesa humanidad de los hechos por los que se le condenó fueron posteriormente confirmados por la Sala Penal Especial de la Corte Suprema del Perú en su sentencia del 7 de abril de 2009, y ratificados por la Sala Penal Transitoria de la Corte Suprema en sentencia de fecha 30 de diciembre de 2009.
Las organizaciones que suscribimos el presente comunicado destacamos que toda persona bajo la custodia del Estado tiene el derecho a que su dignidad e integridad personal sean respetadas. Para que Fujimori sea beneficiado con un indulto humanitario, según el derecho interno, tendría que cumplir uno de dos requisitos: tener una enfermedad terminal o una enfermedad grave en estado avanzado, degenerativo e incurable; o padecer condiciones carcelarias que ponen en grave riesgo su vida y estado de salud. Sin embargo, de la información difundida por los medios de comunicación en el Perú no se desprende que el señor Fujimori padezca de una condición médica de esta dimensión y su situación carcelaria es adecuada, con acceso a tratamientos médicos.
Por lo anterior, esperamos que la decisión sobre la reciente solicitud de indulto humanitario para Alberto Fujimori se lleve a cabo con absoluta transparencia y en respeto a los tratados de derechos humanos ratificados por el Perú.
“Una posición distinta colocaría a Perú en la lista de países con graves retrocesos de derechos humanos y alentaría la idea de que los crímenes más graves que atentan contra la humanidad en su conjunto, pueden ser perdonados sin el consentimiento de las víctimas”, expresó Katya Salazar, directora de DPLF.
Por su parte, Jo-Marie Burt, asesora principal de WOLA, recuerda que “Son numerosas los intentos de parte de la familia de Alberto Fujimori de desconocer el fallo condenatorio al ex mandatario por graves violaciones de derechos humanos. Estas acciones demuestran una profunda falta de respeto para el estado de derecho, algo que fue característico de su gobierno. El señor Fujimori debe cumplir su sentencia como cualquier otra persona condenada por hechos tan graves, salvo que su salud se deteriore.”
“La condena de Alberto Fujimori constituyó un paso determinante dentro y fuera de las fronteras del Perú en la lucha contra la impunidad”, señaló Viviana Krsticevic, Directora Ejecutiva de CEJIL. “Si bien un indulto es potestad del Presidente de la República, existen límites en su aplicación. El gobierno no puede ceder ante presiones que desconocen las obligaciones nacionales e internacionales del Perú en esta materia.”
Esperamos asimismo que la decisión del Presidente Pedro Pablo Kuczynski se base exclusivamente en la necesidad de que Alberto Fujimori goce de un tratamiento compatible con sus condiciones de salud y según los procedimientos aplicables a toda persona privada de la libertad en el país.

Seguridad a saldar su deuda con el pueblo de Haití


Organizaciones sociales latinoamericanas y Premios Nobel de la Paz llaman al Consejo de


Una veintena de entidades regionales latinoamericanas y caribeñas y cinco Premios Nobel de la Paz se dirigieron al Consejo de Seguridad de la ONU instándole a aprovechar su visita actual en Haití para saldar su deuda con el pueblo haitiano, reparando las violaciones a los Derechos Humanos cometidas e iniciando una nueva relación respetuosa de su soberanía y autodeterminación.
Ambas cartas, dirigidas al Embajador Llorenti del Estado Plurinacional de Bolivia y actual presidente del Consejo, resaltan el balance catastrófico de la MINUSTAH: la misión llamada de paz de la ONU, pero denunciada como una ocupación, que el Consejo ha decidido cerrar finalmente en octubre, después de 13 años. Hacen llamados al Consejo a escuchar y responder a las perspectivas y propuestas de las organizaciones populares haitianas y las personas y familias que han sufrido directamente las violaciones a los derechos humanos de la MINUSTAH, tanto quienes han sufrido violaciones, abuso y explotación sexual, como represión y, sobre todo, los estragos del cólera introducido por las tropas de la ONU en 2010.
Adolfo Pérez Esquivel, autor de la Carta de Premios Nobel de la Paz junto a Jody Williams, Rigoberta Menchú Tum, Shirin Ebadi y Betty Williams, destacó que “l a magnitud e impunidad de las violaciones a los derechos humanos, y el hecho que la ONU haya negado cualquier responsabilidad por el cólera durante seis largos años, exigen una reparación integral. Con esta visita el Consejo tiene la oportunidad de cumplir con su obligación de poner en marcha las acciones reparadoras requeridas”, incluyendo la participación activa de las víctimas en el programa anunciada de indemnizaciones, provisión de agua potable y saneamiento, y el pleno financiamiento del mismo, ahora librado a la suerte de contribuciones voluntarias con menos del 2% requerido hasta ahora recibido.
Por su parte, las organizaciones y redes regionales, entre ellas Jubileo Sur/Américas, la Confederación Sindical de las Américas, el Encuentro Sindical Nuestra América, los Movimientos Sociales al ALBA, SOAWatch y la Plataforma Interamericana de Derechos Humanos, Democracia y Desarrollo, llaman al Consejo a reconocer el fracaso de la MINUSTAH en relación a los objetivos planteados, tal como vienen denunciando numerosas organizaciones haitianas, y a evaluar mejor el apoyo que precisa Haití.
“ La seguridad ciudadana, la estabilidad institucional, el refuerzo del sistema judicial y de la policía, el fortalecimiento del sistema electoral, la defensa y la promoción de los derechos humanos, el crecimiento económico – expresan las organizaciones – están todos iguales o en peores condiciones que antes del despilfarro de los 7 mil millones de dólares en un país que necesita urgentemente sacar de la pobreza a más de 70% de su población”.
Junto a sus pares en Haití, cuestionan igualmente la nueva misión aprobada por el Consejo para empezar en octubre, planteando que aun sin el componente militar, igual que la MINUSTAH responde a intereses foráneos más que a los del pueblo haitiano. “ Haití no precisa de la tutela internacional sino de una mano fraterna y el fin del intervencionismo imperialista”, afirman, l lamando al Consejo a cumplir con su obligación de reparar el daño perpetrado y respetar la soberanía y autodeterminación del pueblo de Haití como único camino posible hacia la paz.
En Haití, una nutrida concentración de organizaciones populares y víctimas del cólera esperaba ayer el arribo en Puerto Príncipe del Consejo de Seguridad. Para hoy se espera nuevas manifestaciones y una conferencia de prensa en la sede de PAPDA, la Plataforma haitiana de incidencia para un Desarrollo Alternativo, además de una reunión del Consejo con representantes de organizaciones sociales y políticas haitianas.



“A cambiar el nuevo orden mundial”


Entrevista a Noam Chomsky, lingüista y activista político

El Espectador

Para el intelectual estadounidense, los ciudadanos de a pie tienen un lugar clave en la construcción del futuro. Le asusta que no se le preste la debida atención a la posición de Trump frente al cambio climático.
El mundo arde. Atentados terroristas siembran el temor a diestra y siniestra. No sólo los países europeos sienten el rigor de la violencia irracional, sino que, en los territorios alejados de las cámaras, como en África, el fuego consume las esperanzas de democracia y fraternidad que se tenían con el cambio de siglo. Por supuesto, el terror en algunos casos es capitalizado políticamente por los sectores más recalcitrantes de la sociedad para llegar al poder. Dispuestos a defender sus privilegios, el miedo se ha convertido en una herramienta eficaz. El resurgimiento de la xenofobia, la fuerza de los movimientos antisemitas y neonazis amenazan a quienes aman, creen y piensan diferente. Frente a estos retos, el pensador Noam Chomsky habla de la necesidad de dejar los lugares de confort para construir un futuro decente, pero sobre todo pensar en el medio ambiente como un tema político apremiante. “Los efectos del calentamiento global pronto podrían ser más meridianamente evidentes de lo que ya son. Sólo en Bangladesh, se espera que diez millones de campesinos de las llanuras bajas tengan que marcharse en los años venideros por el aumento del nivel del mar y un clima más severo, lo cual generaría una crisis migratoria que haría que la actual parezca insignificante”, resalta Chomsky en su libro ¿Quién domina el mundo?
Noam Chomsky nació en Filadelfia el 7 de diciembre de 1928. Desde sus primeros años como profesor tomó nombre por renovar la lingüística y ser una figura visible de intelectuales que se oponían a la Guerra de Vietnam. La mayor parte de su trabajo lo ha realizado en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, uno de los centros de pensamiento más importantes del Norte Global. Con versatilidad ha tratado temas como la religión, la política internacional, la ciencia y el deporte. También ha sido un crítico acérrimo de los medios de comunicación, como evidencia su libro Los guardianes de la libertad, junto a Edward S. Herman, en el que confronta las líneas editoriales y la forma en que los principales diarios de Estados Unidos cubrieron conflictos bélicos dependiendo de los intereses económicos. A pesar de su avanzada edad, continúa colaborando activamente con los movimientos sociales de campesinos, estudiantes y trabajadores. El Espectador lo consultó para conocer su opinión frente a la coyuntura política y social que atraviesa el mundo.
¿Qué tan peligroso es el resurgimiento del nacionalismo alrededor del mundo?
Muy desafortunado por la forma que está tomando: una alineación de nosotros contra ellos. Si el nacionalismo es una forma de reforzar un sentido de comunidad e identidad cultural, puede ser inofensivo o incluso benigno. Pero no es así cuando es expresión de hostilidad, miedo y amenaza. La historia de esa forma de nacionalismo tiene un registro de horror que no necesita ser revisada.
Frente a este escenario de caos, muchos se preguntan qué sucederá con el Estado, teniendo en cuenta la globalización que tiene lugar al mismo tiempo que la xenofobia...
Actualmente, en las principales sociedades, el poder privado y el poder estatal están estrechamente vinculados. En Estados Unidos, el Estado más poderoso de la historia, las concentraciones de poder privado han tenido durante mucho tiempo una influencia abrumadora en las elecciones y la formulación de políticas, mientras que al mismo tiempo dependen del Estado para sostener su poder y alcance global. Para mencionar sólo uno de innumerables ejemplos, un estudio del FMI encontró que las ganancias de los principales bancos estadounidenses derivan casi por completo de las ventajas que les proporciona la política implícita de subsidio gubernamental llamada “demasiado grande como para caer”.
¿Por qué el miedo desempeña un papel tan importante en la política de hoy?
Hay muchas razones, pero una significativa es el impacto de 30 años de políticas neoliberales. Esto ha llevado al empobrecimiento de la gran mayoría de la población, mientras que la riqueza se ha concentrado impresionantemente en un pequeño grupo y la democracia ha decaído.
Denos un ejemplo práctico...
Estados Unidos, 2007, en la cúspide del milagro neoliberal antes de la crisis, los salarios ajustados según la inflación para trabajadores sin empleados a cargo fueron inferiores a los de 1979, cuando el experimento estaba empezando. Esto fue un cambio dramático desde el período de crecimiento históricamente sin precedentes de los años 50 y 60, que también fue relativamente igualitario. El impacto en América Latina fue mucho más severo antes de que las políticas fueran finalmente eliminadas, en parte, en años recientes.
¿Qué pueden hacer los ciudadanos comunes, que tienen su trabajo, deudas, una vida y una familia para cuidar en este nuevo orden mundial?
Su tarea es cambiar este nuevo orden mundial, y de manera significativa, si quieren un futuro decente. Los ciudadanos tienen muchas oportunidades, seguramente en las sociedades más libres pueden educarse –ellos mismos y junto a otros–, organizarse para alcanzar fines comunes, unirse al activismo comprometido para abordar los problemas que les conciernen, etc.
Entre otras sorpresas que ha dado el campo político mundial se encuentra sin duda la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos. ¿Cómo pudo tener tanta acogida en tan poco tiempo?
Se le ha dado una gran publicidad a la elección de Trump, pero mucho más notable es el éxito de la campaña de Bernie Sanders, que significó una ruptura muy aguda de la historia política de los EE.UU.
¿A qué se refiere?
Durante más de un siglo, las elecciones se han comprado: el éxito electoral y las estrategias se pueden predecir conociendo las fuentes de financiación de la campaña, ya sea si provienen de corporaciones o financiación privada, como ha mostrado una extensa investigación. Sanders era escasamente conocido, no tenía financiación privada o corporativa, fue descartado por los medios de comunicación e incluso usó una palabra que para algunos produce miedo: “socialismo”.
¿Entonces Sanders tenía opciones de ganar la presidencia?
Es muy probable que hubiera ganado la nominación del Partido Demócrata si no hubiera sido por la maniobra de los dirigentes del partido, Obama-Clinton, para impedir una elección democrática. Y bien podría haber sido elegido presidente. En este momento es la figura política más popular del país por un amplio margen. El éxito de un multimillonario con amplios medios de comunicación y apoyo privado es mucho menos sorprendente.
¿Qué significa, entonces, el éxito de estos dos candidatos tan disímiles?
El éxito de Sanders y Trump refleja la fuerte oposición a las principales instituciones políticas que se han desarrollado en los Estados Unidos y Europa, y también en otros lugares, como reacción al asalto neoliberal contra la población en general, que tuvo consecuencias políticas y económicas directas. No es sorprendente que haya una reacción popular, a veces tomando formas desagradables, sobre todo cuando están respaldadas por los elementos más reaccionarios del poder privado, como en el caso Trump. En Europa hay acontecimientos similares, a menudo más ominosos.
¿Cree usted que las corporaciones transnacionales y los emporios económicos, los “amos del mundo”, como usted los llama, ganarán mayor poder global durante el gobierno de Trump en los Estados Unidos?
Ellos ya tienen un poder extraordinario. No es bien conocido, pero las investigaciones han demostrado que las empresas con sede en EE.UU. poseen un fenomenal 50 % de la economía mundial y predominan en casi todos los sectores. Trump y su gurú Steve Bannon buscan dominar la cobertura de noticias y desviar la atención del público con una reclamación extravagante o una acción tras otra, mientras que detrás del escenario, el ala Paul Ryan del Partido Republicano, el componente más malicioso y salvaje, está desmantelando sistemáticamente aquellas partes del gobierno que son funcionales a los intereses populares, al mismo tiempo que se reforma la política, aún más que en el pasado, para servir al poder privado y a la riqueza.
Los intelectuales han señalado que al generarse una crisis política y social en el gobierno de Trump, al siguiente período podría llegar la izquierda al poder. ¿Usted qué opina?
En las próximas elecciones tal vez podría tener opción un Partido Democrático reformado que invierta el curso de los últimos 40 años, en los que abandonó en gran medida a la clase obrera y adopte programas como los que propuso Sanders. Como he mencionado, es con mucho la figura política más popular en Estados Unidos, sobre todo entre los jóvenes, el electorado del futuro. Y sus políticas básicamente socialdemócratas tienen un fuerte apoyo público.
¿Es Sanders una radical oportunidad de cambio?
Los programas que Sanders ha defendido no habrían sorprendido al presidente Eisenhower en los años cincuenta. Las élites se han desplazado muy a la derecha durante el período neoliberal, los demócratas de hoy son similares a lo que solía llamarse “republicanos moderados” y los republicanos han cambiado en su mayor parte en el espectro tradicional. Pero la población general difiere en muchos aspectos.
En este escenario mundial, ¿qué lugar tendrá América Latina con los gobiernos populares en crisis contra Trump?
Podemos esperar que el gobierno de Trump persista en la postura tradicional de hostilidad de Estados Unidos hacia los gobiernos independientes de base popular en América Latina, como sucedió bajo el mandato de Obama –Honduras es un ejemplo dramático–, quizás con mayor intensidad. Hasta ahora, poco se ha hablado sobre América Latina, aparte de agitar los puños en México. Pero esto es lo que sugeriría la orientación general de la política.
¿Cuáles son las ideas y los programas que más le inquietan de Trump y el Partido Republicano?
De todos los programas de la administración Trump –y el liderazgo republicano en general–, los más peligrosos, de lejos, están relacionados con la gran amenaza del cambio climático. Mientras el mundo está tomando pasos vacilantes, pero no insignificantes para abordar este crítico problema de supervivencia, los Estados Unidos, bajo el liderazgo republicano, en un espléndido aislamiento, no se están retirando simplemente de este esfuerzo necesario, sino que de hecho compiten con dedicación hacia el precipicio. Estos son algunos de los sorprendentes acontecimientos de la historia moderna y no prestarles la debida atención resultará en un fracaso de proporciones monumentales.

Temer, el abismo y después


Brasil

Una visita a Río de Janeiro me dio la oportunidad de conversar con numerosos amigos, militantes sociales y colegas que participaron en el estupendo seminario internacional que organizara la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) junto con otras instituciones académicas, en conmemoración del primer centenario de la Revolución Rusa. De esos fructíferos intercambios con mis interlocutores brota el siguiente diagnóstico sobre la situación brasileña, que me permito compartir con mis lectores.
A fines de agosto de 2016 una gavilla de bandidos del Congreso brasileño –varios de los cuales ya están en la cárcel condenados por delitos de corrupción- perpetró con la complicidad de la prensa canalla –con la Red Globo a la cabeza- y con el auspicio de la clase dominante y de “la embajada” un golpe de Estado que presentaron a la opinión pública como si fuera el resultado de un “juicio político” y depusieron de su cargo a la presidenta Dilma Rousseff. [1] Esta había derrotado al candidato de la “derecha dura” en el balotaje de noviembre del 2014, Aécio Neves, pero lo hizo en nombre de un gobierno que -en un acto que sólo puede calificarse como suicida- había desmovilizado y desorganizado al instrumento político que lo había instalado en el Palacio del Planalto, el PT. Privada de ese apoyo Dilma no tuvo fuerzas para resistir el chantaje de los mercados y del partido derrotado en las urnas y a la semana de asumir su segundo turno presidencial tuvo que designar un gabinete en el cual los cinco principales cargos quedaron en manos de integrantes del equipo de Neves, lo cual no podía sino terminar por desmoralizar y desarmar ideológica y políticamente quienes un par de meses antes habían ratificado su confianza en ella. La designación del cavernícola economista neoliberal de la Universidad de Chicago Joaquín Levy como ministro de Hacienda marcó la total y definitiva sumisión de su gobierno ante el capital financiero. Por eso, cuando la asociación ilícita que se había apoderado del Congreso brasileño decidió eyectarla de su cargo nadie acudió en su auxilio y las calles y plazas de Brasil quedaron vacías. Un gobierno que había sido electo por más de 54 millones de brasileños fue incapaz de movilizar a unos pocos miles de sus partidarios para detener la conspiración de los mafiosos sentados en las bancas parlamentarias.
Conclusión: la alianza político electoral que el PT sellara con los enemigos de clase, representados sobre todo por el PMDB (Partido del Movimiento Democrático Brasileño, surgido en los años de la dictadura y partido del por entonces vicepresidente Michel Temer) y con otras fuerzas políticas de la derecha representantes del agronegocio y los evangélicos más reaccionarios; el continuismo (si bien con algunos atenuantes en materia de política social) del paradigma macroeconómico neoliberal instalado durante el gobierno de Fernando H. Cardoso y la ingenua ilusión de creer que por llegar al gobierno una fuerza política conquista el poder tuvieron el lamentable remate que era de esperar, y Dilma fue su víctima. Una verdadera desgracia, para el pueblo brasileño y para todos los de Nuestra América. Desgracia que no fue el inexorable veredicto del destino sino producto de una acumulación de gruesos errores y extravíos políticos que arrancan desde el primer turno presidencial de Lula. Temas, por otra parte, archiconocidos, por lo que no viene al caso referirlos una vez más en esta breve nota.
Dicho lo anterior, lo más preocupante ahora es la ausencia de una alternativa política para poner fin a un gobierno tan reaccionario como el de Michel Temer. En principio Lula podría triunfar si se procediera a un llamado anticipado a elecciones directas, pero para eso se requeriría una enmienda constitucional que un Congreso corrupto hasta la médula no está dispuesto a aprobar. Recuérdese que el zar de la industria frigorífica mundial, Joesley Batista, afirmó haber comprado en los últimos veinte años la voluntad política de más de 1800 dirigentes políticos entre senadores, diputados federales, estaduales, intendentes y concejales, y no fue el único en hacer aportes para obtener favores legislativos o de las autoridades. Lo que se baraja entonces es la posibilidad de que se designe a un notable de la vida pública brasileña para que concluya el mandato de la fórmula Rousseff-Temer y se convoque a elecciones en octubre del año próximo para elegir al próximo presidente. Hay algunos candidatos, pero el ambicioso Fernando H. Cardoso ya se autopostuló, aunque su nombre suscite intensas polémicas y movilice viejos rencores en su propio partido, el PSDB (Partido de la Social Democracia Brasileña) y las demás fuerzas de la derecha. Claro que si la presión de la calle alcanzara inéditas cotas de movilización popular no sería imposible que, ante el temor de un derrumbe de la frágil institucionalidad democrática, los delincuentes del Congreso (no todos, porque obviamente hay unas pocas honrosas excepciones) podrían ceder posiciones y habilitar el llamado a elecciones en los próximos meses. Menos probable sería una convocatoria para una nueva asamblea constituyente, tema tabú para los gobiernos de derecha de América Latina. Por supuesto que si tal cosa llegara a ocurrir el aparato judicial brasileño, socio inseparable de la derecha más reaccionaria del país, pergeñaría todo tipo de maniobras leguleyas para inhabilitar a Lula e impedirle postularse para ejercer cualquier cargo público en los próximos diez años y, de ese modo, sacarlo “legalmente” de la competencia electoral. O sea, un “golpe preventivo”.
Suponiendo que el miedo a un desborde pre-insurreccional convenza a la pandilla del Congreso de otorgar luz verde a la enmienda constitucional y se autorice el llamado a elecciones presidenciales anticipadas, lo que quedaría en pie, según mis informantes, es la incógnita acerca de si Lula, en caso de ganar las elecciones, trataría de hacer algo diferente a lo hecho durante su gestión presidencial anterior o si se contentaría con repetir lo actuado en el pasado. Porque si fuera para hacer lo mismo -y cometer los mismos errores que resultaron en la caída de Dilma: sometimiento al gran capital, desmovilización política y sindical, oídos sordos a los reclamos populares- el resultado final podría ser una crisis peor aún que la de estos días y la clausura, por mucho tiempo, de cualquier alternativa de izquierda. Tendría sentido un retorno de Lula si es que se propusiera desmontar el infernal predominio del capital financiero [2] , del agronegocio, de los sectores industriales paulistas agrupados en la FIESP, de la prensa canalla que envilece y envenena día a día a su pueblo y si, además, redefiniera la inserción internacional del Brasil rompiendo su escandalosa dependencia neocolonial de Estados Unidos promovida por Temer. [3] En caso contrario su regreso al Planalto sólo serviría para agudizar las contradicciones que hoy desgarran a la sociedad brasileña. No sería exagerado extender este razonamiento también a un eventual retorno de Cristina Fernández de Kirchner a la presidencia de la Argentina, tema sobre el cual ya nos ocupamos en su momento y volveremos a hacerlo próximamente. En ambos casos la pregunta pertinente es: ¿retornar para hacer qué? Repetir lo bueno, en ambos casos, es urgente y necesario. Pero no lo es menos realizar una profunda autocrítica para evitar caer en los mismos desaciertos que provocaron, tanto en uno como en otro país, desenlaces tan deplorables como la inesperada victoria electoral de Mauricio Macri o el incontestado “golpe blando” de Michel Temer.
La urgencia de encontrar una salida a la crisis es vertiginosa si se toma en cuenta que el nivel de aprobación popular del presidente Michel Temer es inexistente en la medida en que oscila entre un 2 y un 4 por ciento y que los poderes fácticos que dominan Brasil ya han decidido soltarle la mano. [4] ¿De qué lo acusan? No de ser un corrupto, delatado pública e irrefutablemente por la grabación del ya mencionado Joesley Batista. Eso es lo de menos. Su pecado ha sido su ineptitud para sacar las leyes que la derecha necesita: desmontar la legislación laboral procedente del varguismo y el “trabalhismo” brasileño y de los mejores años del PT –restableciendo jornadas laborales de 12 horas e instalando la precarización del trabajo- y establecer un nuevo régimen previsional que requeriría 49 años ininterrumpidos de aportes para acogerse al beneficio jubilatorio con lo que, de hecho, acabarían con la jubilación como derecho para la enorme mayoría de la población brasileña, situación que en los hechos ya existe en algunos países de la región. Pero sería injusto negar la saña antipopular del usurpador: logró aprobar una absurda –e inviable- enmienda constitucional (la PEC 55) que congela el gasto público en educación y salud por los próximos veinte años, hasta el 2036, y al igual que su colega argentino está atacando sin piedad a las universidades públicas algunas de las cuales padecen un retraso salarial de varios meses. [5] En un alarde de incompetencia la Cancillería brasileña, otrora considerada una de las más profesionales del mundo, ofuscada por su patológica obsesión por atacar al presidente Nicolás Maduro cometió un error que sin duda figurará imbatible en el libro de records Guinness. Al referirse al inminente viaje de Temer a Rusia (programado para el 20-21 de Junio) el sitio web de Itamaraty anunció, textualmente, que el presidente se dirigiría a la “República Socialista Soviética de Rusia” para entrevistarse con Vladimir Putin. La increíble gaffe permaneció en pantalla durante 22 minutos hasta que un tsunami de burlas de los críticos del gobierno advirtieron a los funcionarios del ministerio de su grosero error y corrigieron la información. Un botón de muestra de la situación que hoy permea en el gobierno.
El problema es que siendo Temer corrupto e inútil no hay muchos con mejores credenciales que él, y por ahora se lo sostiene a la espera de la aparición de un mesías de una clase dominante profundamente dividida y carente de una alternativa política viable y eficaz, capaz de obtener del Congreso las leyes que otorgarían sello legal a un retroceso en materia de derechos laborales, previsionales y sociales a la época anterior al surgimiento del varguismo en los años treintas del siglo pasado. Buena parte de los dirigentes de sus primeras líneas están procesados o en la cárcel. Por una cruel ironía de la historia la única opción bien podría ser la de uno de los ex funcionarios de la CEPAL y (arrepentidos) fundadores de la teoría de la dependencia y ex profesor de “Metodología Marxista” en los cursos de la FLACSO de Santiago de Chile en 1967, Fernando H. Cardoso. Pero aún cuando tal cosa ocurriera, el nivel de corrupción del Congreso es de tal magnitud que para obtener una ley el eventual sucesor de Temer requeriría poseer algo más que la elegancia discursiva y la sutileza argumentativa de Cardoso. Tendría que reincidir en las tramoyas de rutina y re-editar las prácticas tradicionales del intercambio de favores y la compra de votos, y la situación judicial y el clima de la opinión pública no son para nada propicios para apelar una vez más a tales estrategias.
Por lo tanto lo que parece avecinarse es el derrumbe del sistema político, ya seriamente debilitado y deslegitimado por el sinfín de denuncias y delaciones por actos de corrupción y atribulado por una probable ofensiva popular de inédita envergadura en el país. El paro nacional del 28 de abril tuvo una resonancia como tal vez nunca antes en la historia brasileña, y se vienen nuevas convocatorias. Las fuerzas de izquierda política, incluyendo un sector del ala más radical del propio PT (que había sido marginada por Lula y por Dilma, pese a lo cual en el último congreso del partido tuvo una actuación deslucida que en nada contribuyó a la necesaria autocrítica de la experiencia del gobierno petista) más un enjambre de organizaciones sindicales (principalmente la CUT (Central Única de Trabajadores, dirigida por el PT) y la CTB (Central de los trabajadores y trabajadoras del Brasil, conducida por el PCdoB) y diversos movimientos sociales entre los que sobresalen el MST (Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra), los Sin Techo y muchos otros parecen estar dispuestos a librar la batalla decisiva contra el régimen golpista y por la construcción de una genuina democracia. No obstante, allí también se encuentra una división en el campo popular entre quienes tienen como prioridad garantizar la candidatura de Lula en el 2018 y los que pretenden, antes que nada (y desentendiéndose de ese tema) poner coto a la contrarreforma de la derecha. Es un debate muy complicado y es difícil saber como será saldado. Lo único cierto es que si estas fuerzas no ganan la calle nada cambiará en Brasil.
El temor de la burguesía brasileña y sus jefes en el corazón del imperio es muy grande, porque la pertinaz recesión económica y la crisis de legitimidad que arrastra a toda la clase política, al empresariado, a los gobiernos estaduales y locales es de tal magnitud que las fórmulas tradicionales del compromiso de las oligarquías partidarias y el “jeitinho” politiquero que todo lo resolvía son dispositivos muy desgastados y demasiado débiles, que difícilmente podrían ser exitosos frente a una amenaza de la magnitud que tiene la que se yergue en la vereda de enfrente. Molecularmente se está constituyendo en Brasil lo que Lenin denominara una “situación revolucionaria”: los de arriba ya no pueden seguir dominando como antes y los de abajo (por lo menos un sector importante de ellos) no quieren seguir siendo dominados. Que esta situación desemboque en una salida revolucionaria requiere de una combinación de condiciones objetivas y subjetivas que el revolucionario ruso jamás concebía de manera mecánica o lineal, y que todo indica que aún no parecen haber madurado lo suficientemente en Brasil. Pero, sin llegar al extremo revolucionario, el desenlace de la actual crisis podría producir una radical modificación en la correlación de fuerzas que hoy opone a burgueses y proletarios, estos últimos definidos teniendo en cuenta las grandes transformaciones que el capitalismo contemporáneo operó sobre la estructura y la morfología del universo asalariado. [6] Más allá de esto, se impone aquí una vieja verdad: la solución de la crisis política brasileña no brotará del rodaje de las instituciones del Estado, de los acuerdos parlamentarios o las sentencias de los jueces sino de la dinámica del conflicto clasista, del protagonismo de la calle. Es decir, de la movilización popular y la voluntad de lucha de las clases y capas populares resueltas a poner fin al ajuste y redefinir el rumbo de la sociedad brasileña. Sólo ellas podrán resolver el endemoniado entramado de corrupción, venalidad y latrocinio que caracteriza a la clase política brasileña. Tarea difícil, muy difícil pero no imposible. Ojalá que las clases y capas populares tengan la clarividencia para discernir las vías de solución a la crisis, la organización que convierta su fuerza potencial en fuerza política real, y el valor para lanzarse a esa necesaria empresa de transformación revolucionaria y regeneración ética que tanto necesita el gran país sudamericano.
Notas:
[1] Para quienes tengan dudas acerca del protagonismo de Washington basta con recordar que quien se desempeñó como embajadora de EEUU a lo largo de toda la farsa del “juicio político” fue nada menos que Liliana Ayalde, quien también ocupara ese cargo cuando se fraguó el golpe de Estado en contra de Fernando Lugo en Paraguay. Lo que se dice, una “experta” en demoliciones de gobiernos progresistas y en articular las coaliciones necesarias para garantizar el éxito de sus planes golpistas. Regresó a su país una vez consumada la defenestración de Dilma. Ahora es nada menos que la jefa civil del Comando Sur.
[2] Téngase en cuenta que en el año fiscal 2016 el 43.9% del presupuesto federal de Brasil se destinó al pago de los intereses y la amortización parcial de la deuda pública. Consultar: http://www.auditoriacidada.org.br/blog/2017/05/31/panfleto-explicativo-consulta-nacional/ El endeudamiento del sector público y el pago de exorbitantes tasas de interés concretaron una fenomenal transferencia de ingresos a favor del capital financiero, enemigo jurado del gobierno petista.
[3] Un ejemplo: la invitación de Temer a que EEUU participe, por primera vez en su historia, en un ejercicio militar conjunto en la Triple Frontera Amazónica (Brasil, Colombia y Perú). La Amazonía había siempre estado celosamente resguardada de cualquier presencia estadounidense. Ya no más. Ver http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-39826017 así como el texto de Silvina Romano y Amílcar Salas Oroño, “Brasil y el Cono Sur en la Geopolítica Estadounidense”, disponible en http://www.celag.org/brasil-y-el-cono-sur-en-la-geopolitica-estadounidense/
[4] El 2% lo asegura “nossapolitica.net/2017/06” y el 4 % surge de una encuesta de Barómetro Político realizada por la Consultora IPSOS y que señala que el 92% de los entrevistados dicen que el gobierno avanza por un rumbo equivocado, el 75% lo califica como malo o pésimo mientras que apenas un 4% asegura que es un gobierno bueno u óptimo.
[5] La "congelación" es una medida absurda y ridícula. La población total del Brasil en 2016 era de 206 millones de personas. En veinte años más se incrementará en casi treinta millones, llegando a 234 millones para los que habrá que disponer de los mismos fondos “congelados” en materia de salud y educación del año 2016. Es decir, no más escuelas ni hospitales ni dispensarios médicos, y a repartir entre esta acrecentada población los fondos que había en el 2016. Lo que se llama una “bomba de tiempo” político. En lo que hace al retraso salarial los docentes y el personal administrativo de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ) están recién ahora cobrando sus sueldos de marzo, y fraccionados.
[6] Sobre este tema resulta imprescindible consultar la obra de Ricardo Romero Laullón y Arantxa Tirado Sánchez, La clase obrera no va al paraíso. Crónica de una desaparición forzada (Madrid:AKAL, 2016)
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Cómo crear un país paria


Estados Unidos en último término
Tom Dispatch

Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García


¿Dejará Trump sentado un récord para los libros de historia?
En su propia y caótica manera, es maravilloso contemplarlo. Como corresponde a los sueños más locos de nuestro presidente, podría incluso resultar un récord que durara épocas, uno para los libros de historia. Después de todo, él fue el candidato que lo intuyó primero. Cuando quienes eran sus adversarios, al igual que los demás políticos de Washington, insistían todavía en que Estados Unidos continuaba estando en lo más alto, que no era una –sino la– “nación indispensable”, la única verdaderamente “excepcional” sobre la faz de la Tierra, él dijo algo diferente. Basó su campaña en la decadencia de Estados Unidos, en la creciente falta de excepcionalidad del país, en su potencial calidad de prescindible. Se montó sobre la expresión “otra vez” –como en “hagamos que Estados Unidos sea grande otra vez– dado que (eso estaba implícito) ya había dejado de serlo. Y juró que él –y solo él– era la mejor opción para que los estadounidenses, o al menos para quienes no eran inmigrantes y tenían la piel blanca, volvieran a vivir días mejores.
En ese sentido, él fue nuestro primer candidato de la decadencia; si eso no os dijo algo durante la campaña electoral, debería haberlo dicho. Se trata de un hecho incuestionable: él tocó una fibra sensible, hizo sonar una campana.. Porque en el país profundo era posible sentir una oscura realidad que no era palpable en Washington. El país más rico del planeta, el de mayor poderío militar en la historia de... bueno, nadie, en algún sitio, en algún momento (o eso se nos dijo una y otra vez)... era incapaz de ganar una guerra, ni siquiera gastando billones de dólares del contribuyente; con la fuerza de sus armas, solo era capaz de extender el caos.
Mientras tanto, en casa, a pesar de tanta riqueza, a pesar de la abundancia de milmillonarios –entre ellos, quien competía por la presidencia–, a pesar del paraíso corporativo habitado por Google y Facebook y Apple y demás, segmentos de este país y su infraestructura estaban empezando a sentirse claramente tercermundistas (para usar una palabra de otro universo). Trump también lo sintió. Decía frecuentemente cosas como esta: “Gastamos seis billones de dólares en Oriente Medio y no conseguimos nada... Y tenemos un sistema aéreo obsoleto. Nuestros aeropuertos son arcaicos. Nuestros ferrocarriles son vetustos”. Y esto: “Nuestros aeropuertos se parecen a los de un país del tercer mundo”. Y sobre la destartalada infraestructura del país no podría haber estado más acertado.
En algunos sectores, los trabajadores blancos y los estadounidenses de clase media de este país sentían que el futuro ya no les pertenecía, que tampoco sus hijos tendrían las posibilidades que ellos habían tenido, que ellos mismos estaban cada vez más lejos de tener las oportunidades que habían tenido. El ‘Sueño Americano’ parecía estar adquiriendo un aspecto casi de pesadilla, ya que el valor real del salario medio de un trabajador no había aumentado desde los setenta, ya que el costo de una formación universitaria se había disparado y el peso de la deuda educacional para los hijos con deseos de avanzar era asombroso, ya que la sindicalización estaba cayendo vertiginosamente y la desigualdad en los ingresos había crecido como nunca en la historia... bueno, ya conocéis la historia, la conocéis muy bien. Fundamentalmente, para ellos la expresión ‘Sueño Americano’ parecía ser cada día más una marca registrada de la que alguien se había apropiado.
¿Indispensable? ¿Excepcional? ¿Este país? Ya no lo era más. Por lo que estaban viviendo, ya no lo era.
Debido a eso, Donald Trump, se llevó el premio mayor de la lotería. Accedió al Despacho Oval con casi el 50 por ciento de los votos y una base fervorosa por sus promesas de volver a hacer todo otra vez, en el estilo de los años cincuenta.
El discurso promocional del multimillonario empresario fue extraordinario. Prometía un futuro de estratosférico esplendor, de grandeza a escala histórica. Prometía mantener lejos a los malignos –los violadores, los ladrones de puestos de trabajo y los terroristas–, ponerlos detrás de un muro o incluso prohibirles que alguna vez viajaran a este país. También prometía establecer unas marcas increíbles, unos récords que solo un mega-empresario como él era concebible que pudiera conseguir, el tipo de marcas totalmente estadounidenses que este país no veía desde hacía mucho, mucho, tiempo.
Y muy pronto en la era Trump, parece como si –en una puntuación, al menos–, él pudo entregar algo a los libros de récords y regresar a los tiempos en que quienes registraban los actos de gobierno lo hacían rayando una placa de arcilla o un trozo de cera. En este punto, existe al menos la posibilidad de que Donald Trump pueda presidir la más repentina decadencia de una potencia realmente dominante en la historia, una potencia que hasta hace poco se consideraba que estaba en la cima de la gloria. Podría resultar que fuera una caída muy prolongada. Es cierto que otra superpotencia de los tiempos de la Guerra Fría –la Unión Soviética– se derrumbó en 1991, en lo que fue la forma más fulminante imaginable de dejar el escenario global. Aun así, a pesar de que el “imperio del mal”, como se le llamaba en esa época, la URSS fue siempre la segunda, la más débil, de las dos superpotencias. Nunca se acercó a Roma, a España o a gran Bretaña. En el caso de Estados Unidos, estamos hablando de un país que hasta no hace mucho tiempo se veía a sí mismo como la única gran potencia que quedaba en el planeta Tierra, “la superpotencia solitaria”. Era la única que se mantenía en pie, triunfante en el final de una historia de rivalidad de grandes potencias que evocaba una época en la que los grandes navíos de guerra hechos de madera irrumpieron por primara vez en un mundo más vasto y empezaron a conquistarlo. Se mantuvo sola en lo que, como a sus defensores les gustaba proponer en ese momento, el fin de la historia.
Aplicando el poder duro a un mundo fallido
Tal como lo percibimos, parece bastante posible que veamos al presidente Trump, en vivo, tweet tras tweet, discurso tras discurso, danza de las espadas tras danza de las espadas, intervención tras intervención, acto tras acto, en el proceso de desmantelamiento del sistema global de poder –sobre todo, del ‘poder blando’ y de las alianzas de todo tipo– por medio de las cuales Estados Unidos hizo sentir su voluntad y se construyó como verdadero árbitro mundial. Ya sea que sus políticas de “Estados Unidos primero” estén apuntando a la creación de un futuro orden de autócratas, o petro-estados, o que sean apenas la expresión de sus libidinosos impulsos y odios secretos, quizás ya esté teniendo éxito en la tarea de desmontar el orden mundial de una forma que no tiene precedentes.
Pese a las creencias dominantes hoy acerca de la naturaleza del sistema que Donald Trump está desmantelando en Europa y otros lugares, este sistema era cualquier cosa menos “tolerante” o particularmente pacífico. Guerras, invasiones, ocupaciones, gobiernos debilitados o derribados, acciones brutales y conflictos de todo tipo se sucedieron unos a otros en los años del esplendor estadounidense. Las administraciones que pasaron por Washington tuvieron una notable debilidad por los autócratas; en esto, nada se diferenciaban de lo que hoy hace Donald Trump. Por lo general, no tenían el menor respeto por la democracia, ya fuera en Irán, Guatemala o Chile; la voluntad popular parecía interponerse en el camino de Washington (es una ironía de nuestro tiempo, como Vladimir Putin tuvo el placer de señalar recientemente, que el país que se ha entrometido en más procesos electorales, que ha debilitado y derribado gobiernos como ningún otro, esté tan irritado por la posibilidad de que una de sus elecciones haya sido manipulada desde fuera). Para hacer valer su sistema mundial, los estadounidenses no tuvieron reparos en torturar, crear prisiones clandestinas, asesinar y emplear otras nefastas prácticas. En esos años, Estados Unidos llevó soldados a cerca de mil bases militares fuera de sus fronteras, un despliegue planetario como ningún otro país había tenido nunca.
No obstante, la cancelación del acuerdo comercial transpacífico (TTP), la retirada del acuerdo climático de París, las amenazas lanzadas hacia el acuerdo comercial NAFTA, el debilitamiento de la OTAN, la promesa de arancelar los bienes de importación (y las potenciales guerras comerciales que podrían acompañar a cada uno de estos acontecimientos) podrían recorrer un largo camino en la dirección del desbaratamiento del sistema global estadounidense de poder blando y dominación económica tal como ha existido en estas últimas décadas. Si esas acciones y otras similares se hacen efectivas en los meses y años por venir, dejarán solo un tipo de poder en el temblequeante poder militar –duro– estadounidense, y su sirviente, el poder encubierto en el que Washington –particularmente mediante la CIA– lleva tiempo especializándose. Si las alianzas de Estados Unidos se resquebrajan y su poder blando se convierte en uno demasiado irritable o tenso para seguir siendo aceptado como dominante, su enorme maquinaria de destrucción continuará intacto, incluyendo su formidable arsenal nuclear. Mientras, en la era Trump, es evidente la decisión de recortar los gastos de todo tipo en el ámbito nacional, y volcar aún más dinero destinado a las fuerzas armadas, que ya están financiadas a un nivel que no alcanzan –combinadas– las otras potencias importantes.
Si se tienen en cuenta los últimos 15 años, no es difícil imaginar qué es posible que suceda con el aumento del poder militar: el desastre. Esto es especialmente cierto cuando Donald Trump ha nombrado a un grupo de generales en los puestos clave de su administración, unos generales que durante la última década y media combatieron las catastróficas guerras de Estados Unidos en todo el Gran Oriente Medio. No solo son absolutamente incapaces de pensar algo que no sea la aplicación del poder militar, sino que enfrentados con la crisis de las guerras fracasadas y países fallidos, de la proliferación de grupos terroristas y el creciente número de refugiados en una vasta y decisiva región, es evidente que solo son capaces de imaginar una única solución para cualquier problema: más de lo mismo. Más tropas, más mini-invasiones, más ataques aéreos, más incursiones con drones... más de lo mismo.
Después de una década y media de ese tipo de pensamiento, ya sabemos perfectamente cual es el final: más fracasos, más caos y sufrimiento, pero sobre todo la incapacidad de Estados Unidos de aplicar con eficacia su poder duro allá donde sea de una forma que no empeore las cosas. Dado que, además, la administración Trump está plagada de iranófobos –empezando por un presidente que muy recientemente se reunió con la familia real saudí en un intento de aislar y debilitar un poco más a Irán–, la posibilidad de que una versión ‘militares primero’ de la política exterior estadounidense se extendiera aún más no hace más que crecer.
Ese pensamiento basado en la idea de ‘más’ es típico también del resto de los personajes que hoy ocupan posiciones clave en la administración Trump. Ahí está la CIA, por ejemplo. Se dice que por orden de su nuevo director, Mike Pompeo (claramente, un tipo que tiene el chip ‘más’ implantado en la mollera y un iranófobo de primer orden), se han cubierto dos cargos clave: un nuevo jefe de contraterrorismo y un nuevo encargado de operaciones en Irán (identificado recientemente como Michael D’Andrea, un partidario de la línea dura de la Agencia cuyo apodo es “el Príncipe Oscuro”). Así es como Matthew Rosenberg y Adam Goldman del New York Times describieron hace pocos días su enfoque de ambos cargos: “La nueva función del señor D’Andrea forma parte de varios movimientos dentro del organismo de espionaje que indican un enfoque más musculoso de las operaciones encubiertas con el liderazgo de Mike Pompeo, republicano conservador y ex congresista, dicen los funcionarios. Recientemente, la Agencia nombró también un nuevo jefe de contraterrorismo, quien ha adelantado una mayor latitud para atacar a los terroristas”.
Para decirlo de otro modo: ¡más!
Quédese tranquilo el lector de una cosa: más allá de lo que Donald Trump consiguiera en su designio de desmantelar la versión estadounidense del poder blando, “sus” generales y agentes de espionaje manejarán hábilmente la parte ‘poder duro’ de la ecuación.
El primer anunciante del ‘Estados Unidos en último término’
Si en relación con la vertiginosa caída del sistema mundial estadounidense la presidencia Trump consigue un récord histórico, con la poca disposición que Donald tiene para compartir el mérito de algo, en ese logro sin duda tendrá que hacerlo. Es verdad que los reyes, emperadores y tiranos, quienes detentan el poder máximo en un momento dado, prefieren quedarse con todo el crédito por los “récords” conseguidos en su tiempo. Sin embargo, cuando miramos atrás, probablemente el presidente Trump será recordado como quien diera el empujón necesario a una estructura que se tambaleaba. Sin duda, para entonces será bastante claro que Estados Unidos, que en 1991 –desaparecida la Unión Soviética–, que estaba en lo más alto del poder de cualquier potencia, aparentemente en ese momento empezaba a avanzar hacia los éxitos, aunque envuelto con su aura de autocomplacencia y triunfalismo.
De no haber sido por esto, Donald Trump no habría ganado las elecciones de 2016. Después de todo, no fue él quien hizo que el interior profundo de Estados Unidos se sintiera cada vez más tercermundista. No fue él quien gastó billones de dólares en desastrosas invasiones y ocupaciones, guerras sin final, ataques con drones y operaciones especiales, reconstrucciones y ‘deconstrucciones’ en un interminable guerra contra el terror que hoy ya tiene todo el aspecto de una guerra realizada para la propagación del terror. No fue él quien creo la creciente desigualdad en este país ni quien produjo todos esos milmillonarios en medio de una población que se sentía cada vez más dejado en la estacada. No fue él quien subió las matrículas universitarias ni quien aumentó el nivel de deuda de los jóvenes ni quien dejó que las carreteras y puentes se viniesen abajo y los aeropuertos empezaran a parecerse a los del tercer mundo.
Si tanto el sistema estadounidense mundial como el nacional no hubiesen estado en descomposición antes de la entrada de Donald Trump en escena, ese “otra vez” tan suyo no habría funcionado. Pensémoslo de otra manera: cuando Estados Unidos estaba de verdad en el apogeo de su predominio y poder económico, los líderes estadounidenses no tenían necesidad de hablar continuamente de lo “indispensable” o “excepcional” que era este país. Eso no se mencionaba porque era demasiado obvio. Algún día, un historiador puede utilizar esas mismísimas palabras dichas por algunos presidentes y otros políticos de este país (y sus afirmaciones de que, por ejemplo, las fuerzas armadas de Estados Unidos eran “la más maravillosa fuerza de combate que el mundo haya visto en su historia”) como un conjunto de indicadores cada vez más defensivos para medir la decadencia del poder estadounidense.
Por lo tanto, esta es la cuestión: cuando lleguen a su fin los años (¿o los meses? Trump, ¿no será acaso Estados Unidos un país paria en lugar de la nación más excepcional del planeta? ¿Será todavía ese “otra vez” el relato del año, la década, el siglo? ¿Acabarán siendo los últimos paladines del ‘Estados Unidos primero’ los primeros en anunciar el ‘Estados Unidos en último término’? ¿De verdad será este un récord para asentar en los libros?
Tom Engelhardt es cofundador del American Empire Project, autor de The United States of Fear y de una historia de la Guerra Fría, The End of Victory Culture. Forma parte del cuerpo docente del Nation Institute y es administrador de TomDispatch.com. Su libro más reciente es Shadow Government: Surveillance, Secret Wars, and a Global Security State in a Single-Superpower World

La solución a nuestros males


"Medicare" para todos

Democracy Now!


La promesa del Presidente Trump de derogar Obamacare o la Ley de Cuidado de Salud a Bajo Precio, está por volverse realidad, al tiempo que el Senado hace pública su propia versión —redactada en secreto— de la nueva Ley de Cuidado de Salud de Estados Unidos de la Cámara de Representantes, el proyecto de ley que el propio Trump defendió y que recientemente criticó. La mayoría republicana del Senado pretende que el proyecto de ley se apruebe antes del feriado del 4 de julio. Como resultado de Obamacare decenas de millones de estadounidenses ahora tienen algún tipo de atención de salud, aunque el plan adolece de sus propios problemas. Debido a que la atención de la salud representa una sexta parte de la economía estadounidense, el debate político entre un muy mal proyecto de ley republicano y el menos malo Obamacare podría dejar un espacio libre para lograr una solución razonable, como ocurre en casi todos los países desarrollados: un sistema de salud de pagador único.
Este sistema ya está en práctica en Estados Unidos y ha tenido muy buena recepción. Se llama «Medicare», el programa financiado con los impuestos de los contribuyentes que garantiza atención de la salud a las personas mayores y las personas con discapacidad. Las encuestas públicas realizadas después de la Segunda Guerra Mundial demostraban que existía un amplio apoyo para esta propuesta. Medicare se convirtió en ley en 1965. En el tristemente célebre discurso de lanzamiento de candidatura que Trump realizó en junio de 2015, además de atacar a los mexicanos al calificarlos de «violadores», también prometió: «Salvemos a Medicare, Medicaid y a la seguridad social sin recortes. Debemos hacerlo».
Si el actual proyecto de ley sigue su curso y es aprobado, Donald Trump deberá decidir si romperá su promesa. Si bien el proyecto de ley debe aprobarse primero en el Senado y luego pasar por un proceso en el que se deben reconciliar los proyectos de ley de la Cámara de Representantes y el Senado, como mínimo, recortará los fondos de Medicaid.
El motivo por el cual muchos opositores de Trumpcare lo denominan «cuidado de la riqueza y no de la salud» es que elimina el impuesto de Obamacare a los estadounidenses más ricos. Mientras ellos obtienen una exención impositiva, decenas de millones de estadounidenses se quedarán sin seguro de salud. Otros seguirán sin poder acceder a él, o se verán obligados a comprar planes vacíos que ofrecen cobertura mínima, o planes con abultados deducibles y copagos. A las personas que padecen las denominadas «afecciones preexistentes» les resultará prácticamente imposible obtener un seguro de salud en la mayoría de los estados. Un estudio reciente de Kaiser Family Foundation calcula que más de 52 millones de personas «no mayores» padecen afecciones preexistentes. Kaiser aclara «no mayores», dado que las personas mayores, que reciben cobertura a través de Medicare, no pueden ser excluidas por padecer afecciones preexistentes.
Actualmente, de una población total de 320 millones de habitantes en Estados Unidos, tan solo 57 millones de adultos mayores y personas con discapacidad son beneficiarias de Medicare. No hay un motivo racional por el cual Medicare no pueda ampliarse para cubrir a todos los estadounidenses, independientemente de su edad, desde que nacen hasta que mueren. Los defensores del sistema de atención de salud de pagador único denominan a esto «Medicare para todos».
Medicare para todos mantendría el sistema actual de hospitales privados y sin fines de lucro, consultorios médicos y otros aspectos conocidos del sistema de salud de Estados Unidos. La principal diferencia es que las aseguradoras de salud, tal cual las conocemos, dejarían de existir. Las aseguradoras no proporcionan atención de salud. Actúan como administradoras, procesan facturas y obtienen ganancias desorbitantes a costa del dolor de las personas y pagan a sus directores salarios muy elevados. Se ahorraría muchísimo dinero y el sistema probablemente sería mucho más aceptado que Medicare.
Hay señales esperanzadoras a favor del sistema de pagador único. El congresista John Conyers, el miembro más antiguo del Congreso (que ha ocupado su banca desde 1965, el año en que comenzó Medicare), ha propuesto el proyecto de ley H.R. 676 o Ley por un Medicare más amplio y mejorado para todos. Actualmente cuenta con el sorprendente apoyo de 112 copatrocinadores (todos demócratas). Dado que es improbable que las mayorías republicanas de ambas cámaras apoyen este proyecto de ley, algunos activistas están llevando la lucha a los estados. La Ley California Saludable, SB 562, otorgaría cobertura de salud a todos los habitantes del estado de California, y ya ha sido aprobada en el Senado estatal. La Asamblea, controlada por los demócratas, la está estudiando en este momento. En el estado de Nueva York, un proyecto de ley ha sido aprobado por la Asamblea y será discutido en el Senado estatal de Nueva York, donde los republicanos controlan la cámara por un escaño.
Detrás de toda la legislación existe un movimiento de base creciente y diverso. Hay grupos nacionales que han estado trabajando durante años, entre ellos Healthcare- NOW !, Médicos por un Programa de Salud Nacional y sindicatos como el sindicato de enfermeros National Nurses United. Las coaliciones estatales educan, organizan y presionan a los legisladores y a políticos destacados como Bernie Sanders para que junten a sus seguidores e impulsen esta iniciativa.
El sistema Medicare de Canadá, que brinda cobertura a todos los habitantes del país, comenzó en la provincia rural de Saskatchewan y luego se extendió a todo el país. Mientras los canales de televisión por cable solo hablan de la batalla entre Obamcare y Trumpcare, el movimiento a favor de un sistema de salud de pagador único, que no sale en las noticias, está creciendo. Al igual que ocurre con todos los grandes cambios en la historia, cuando el pueblo lidera, los líderes lo siguen.

© 2017 Amy Goodman
Traducción al español del texto en inglés: Mercedes Camps. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org
Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 800 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 450 en español. Es co-autora del libro "Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos", editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.

lunes, 26 de junio de 2017

Los paracos llegaron ya

La Jornada
Luis Britto García
1
P
asa que comunicadores como Ildefonso Finol, Miguel Ángel Pérez Pirela y quien suscribe, desde principios de siglo, denunciamos la infiltración de paramilitares. Acontece que éstos progresivamente cobran vacuna, establecen alcabalas y toques de queda, ejercen trata de personas, narcotráfico, sicariato, propagación de casinos, contrabando de extracción, intento de magnicidio y control sobre empresas de seguridad y transporte. Ocurre que progresan del crimen organizado a la parapolítica: bajo protección de las policías de un puñado de alcaldías opositoras en tres años lanzan tres oleadas terroristas, dejan centenares de víctimas fatales, entre las cuales se cuentan autoridades, fiscales y motorizados degollados con guayas; queman dependencias y transportes públicos; incendian hospitales y guarderías con niños dentro; incineran ciudadanos en plena calle. No parecen actividades pacíficas. Pacíficas son las víctimas irreparables.
2
El coronel estadunidense Max G. Manwaring, del Comando Sur y del Instituto de Estudios Estratégicos del Departamento de Defensa de Estados Unidos, al estudiar el caso de Venezuela sostiene que el bolivarianismo libra una guerra asimétrica, o de cuarta generación, con las características siguientes: “1) La lucha es predominantemente políticosicológica, no militar –aunque hay un importante rol castrense o paramilitar en el proceso. 2) El conflicto es extenso, y cubre tres o cuatro etapas. 3) La guerra se libra entre beligerantes con capacidades asimétricas y asimétricas responsabilidades hacia quienes los manejan (…) 4) La contienda tiene dimensiones e implicaciones trasnacionales. 5) La guerra no es limitada en su propósito. Es total en la medida en que busca dar al ganador absoluto poder para controlar o reemplazar el gobierno existente” (“State and nonstate associated gangs: credible midwives of social orders”: 2009).
3
La proyección es un mecanismo sicológico por el cual acusamos a otro de nuestros propios pensamientos o acciones. El coronel Mainwaring acusa a los bolivarianos de desarrollar el conflicto en las siguientes fases: “1) (…) Entrenar cuadros de profesionales (propagandistas y agitadores) para tareas de liderazgo y combate político-militar, y crear selectos ambientes de caos. 2) Crear un frente político y militar de clases medias desburguesadas e individuos con mentalidad similar para que trabajen juntos en la desestabilización de las sociedades opuestas y la imposición de la nueva socialdemocracia. 3) Fomentar conflictos regionales. Esto involucrará operaciones preparatorias, encubiertas y graduales político-militares y sicológicas para desarrollar y nutrir el apoyo popular. 4) Planear actividades abiertas y directas de intimidación, incluyendo acciones populares (como manifestaciones, huelgas, violencia cívica, violencia personal, lesiones y asesinato (…) para debilitar los Estados elegidos como blancos y debilitar el control militar enemigo y sus medios de control. 5) Directa, pero gradualmente confrontar una fuerza militar enemiga desmoralizada y llevarla a su colapso”.
4
Juzgue el ecuánime lector si el bolivarianismo es autor o víctima de tal índole de ataques. Vivimos ya situaciones como las de la cotidiana invasión de Nicaragua por la Contra, como las de Chechenia, Libia o Siria. Quizá el veto potencial de Rusia y de China en el Consejo de Seguridad de la ONU nos ha salvado hasta el presente del diluvio de bombas o la invasión militar abierta. Pero tal veto no puede protegernos contra un conflicto interno no declarado ante el cual no ejercemos el derecho a la defensa. No nos defendemos contra empresas de maletín, bachaqueros, contrabandistas ni descuartizadores; tampoco contra terroristas organizados, protegidos y subsidiados. Hemos dejado instalarse en nuestro territorio un enemigo tenaz, sin escrúpulos y despiadado. Guerra avisada sí mata soldado, si pretendemos que no existe. El primer requisito para ganar una guerra es reconocerla. Como decía José Félix Ribas, no podemos optar entre vencer o morir. Necesario es vencer.