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sábado, 22 de mayo de 2010

Afganistán, el cementerio de los invasores

José María Pérez Gay/II

Foto
Nicholas Barry, de dos años de edad, agita una pequeña bandera canadiense frente al cortejo fúnebre que lleva el cuerpo del soldado Kevin McKay,
ayer en la ciudad de Barrie Armoury. McKay falleció el 13 de mayo al estallar un artefacto casero en las proximidades de la ciudad afgana de Kandahar,
en el sur del ocupado país asiático, informaron el viernes algunos
medios de comunicación en Canadá
Foto Reuters

De un tiempo a esta parte, la resistencia militar de Al Qaeda –un grupo terrorista tan difuso como espectacular– en contra de las fuerzas estadunidenses y sus aliados se ha incrementado de forma cada vez más violenta, y son cada vez más frecuentes la misiones suicidas en el centro de Kabul. Beitula Meshud, jefe talibán paquistaní, acusado del asesinato de Benazir Bhutto, murió en agosto de 2009 durante un ataque de drones, los aviones no tripulados de la CIA.

Los suicidas convertidos en bombas instántaneas como, por ejemplo, el caso de Human Jalil Abu Mulal al Balawi, quien se inmoló en el interior de la central de la CIA matando a siete miembros de la agencia estadunidense en las montañas de Afganistán. En Egipto, en la ciudad de Naya Hamedi, un musulmán abrió fuego contra un grupo de cristianos coptos que salía de escuhar la misa y asesinó a ocho personas. Para colmo, Umar Faruk Abdulmutalab estuvo a punto de estallar sobre Detroit un avión comercial de Norwest Airlines, pues llevaba el explosivo aceitado al cuerpo.

Los talibanes controlan otra vez el sur de Afganistán; además, el país está sembrado de minas terrestres y cientos de inválidos recorren como sombras la ciudad de Kabul. Los señores de la guerra se enriquecen con el narcotráfico. En 2005 alcanzaron a exportar cuatro toneladas y media de opio depurado, pues la heroína y sus derivados han llegado a constituir algo así como su segunda naturaleza.

Los múltiples señores de la guerra combatieron transformándose en rivales iracundos. Gulbuddin Hekmatyar y Jalaluddin Haqqani, los más importantes comandantes de campo pastunes, lucharon incansables contra el gobierno del presidente Hamid Karzai en Kabul, quien ha sobrevivido a más de una docena de atentados. Después de que el Parlamento afgano rechazara hace unos meses el nombramiento de 17 de los 24 ministros que Karzai había elegido para formar su gabinete, los comentaristas confirmaron un fraude en las últimas elecciones, un conflicto que le ha traído enorme desprestigio.

Durante la invasión soviética de Afganistán (1979-1989), Hekmatyar y Massoud eran los hombres de Estados Unidos en Afganistán. Ahmed Shah Massoud, el león de Panjshir y comandante muyahin cuyo liderazgo estuvo siempre fuera de toda duda. Al principio, en su juventud, Massoud empezó a estudiar ingeniería en la Universidad de Kabul, pero con los años se convirtió en el líder militar afgano y ejerció una estrategia arrasadora contra los tanques soviéticos. Su sobrenombre, el león del valle de Panjshir, aludía a la región donde los ejércitos soviéticos perdieron la guerra. Muchos años después al frente de la Alianza del Norte libró una lucha armada contra el regimen talibán hasta su muerte en 2001. A principios de 1992, los dos líderes militares cayeron en el delirio del mutuo reconocimiento –una suerte de dialéctica del amo y el esclavo–, empezaron a combatirse con furia hasta su propia destrucción.

En esas batallas, los tayikos siempre vencieron. Se sintieron tan imbatibles como la selección nacional de futbol de Brasil. A lo largo de su historia, nunca antes el pueblo de Tayikistán tuvo un liderazgo como el de Ahmed Shah Massoud. Sus soldados creyeron que Massoud era eterno como las montañas de la cordillera Hindukusch.

Cuando, en 1989, las tropas soviéticas salieron por fin de Afganistán llevaban a cuestas la derrota como el vaticinio de su próxima desaparición. Por ese entonces, Estados Unidos y sus aliados occidentales le dieron la espalda a sus compañeros de lucha muyahidines en Afganistán y se volcaron por completo en las revoluciones de terciopelo que sucedían en Europa oriental. Al olvidar que el triunfo de los muyahidines también había contribuido a la caída del imperio soviético, nadie les agradeció ni les reconoció su fidelidad en la lucha armada. A principios de 1990 debió haberse diseñado un plan Marshall para la reconstrucción de Afganistán y disponer asimismo de pensiones de por vida para los antiguos y cansados guerreros en sus 10 años de lucha contra la Unión Soviética.

Las milicias de Hekmatyar y Massoud libraron, entre 1992 y 1996, una batalla sangrienta y decisiva en el centro de Kabul. Nadie era tan fuerte para vencer a su enemigo. Pashtunes y tayidikos colocaron tanques, artillería, lanzacohetes, cohetes Scud y aviones de combate. Durante los años de esa guerra fraticida, 10 mil ciudadanos de Kabul murieron entre las ruinas de sus casas. Esa lucha fraticida hundió a la República Islámica de Afganistán o Estado Islámico de Transición de Afganistán en el tobogán de la noche más oscura de su historia.

Sin embargo, los afganos y sus etnias lingüísticas parecen imperturbables ante el tamaño descomunal de sus problemas. El proceso de destrucción del país siguió adelante: los señores de la guerra regionales devastaron los restos del Estado fallido, el opio se convirtió en la principal fuente de financiamiento de cientos de milicias terroristas internacionales que se anidaron en en regiones del país y levantaron campos de entrenamiento. A mediados de 1996 llegaron Osama Bin Laden y Al Qaeda, y se instalaron en Afganistán.

En El perdedor radical: ensayo sobre los hombres del terror (2007), Hans Magnus Enzensberger dice que a menudo se pasa por alto que, después de la caída del muro de Berlín, no existe más que un movimiento político dispuesto a la violencia y con capacidad de acción global. Nos referimos al islamismo. Está intentando rentabilizar a gran escala la energía de una de las religiones universales que con mil 300 millones de fieles no solamente sigue gozando de suma vitalidad sino que, por meras razones demográficas, se expande a todos los continentes. El Corán ha sustituido a Marx, Lenin y Mao y en lugar de reclamarse seguidores de Antonio Gramsci invocan a Sayyid Qutbd, fundador de la organización de los Hermanos Musulmanes en Egipto. El lugar del proletariado lo ocupa ahora un sujeto revolucionario capaz de una sola hazaña de la libertad: la liberación del islamismo. En nuestros días aparece la idea de ummah (comunidad), vanguardia representante de las masas, añade Enzensberger, y desde esa perspectiva lanzarse la lucha por la redención del Islam. El gran peligro es que los revolucionarios islámicos lleguen a contar con armas ABC (atómicas, biológicas y químicas) y liberen un cúmulo de pequeñas catástrofes.

¿Qué tan real es el peligro de que Al Qaeda ataque Estados Unidos con armas de destrucción masiva? Ante el alud de amenazas que circulan por todas partes, el estudio de Mowatt-Larssen (un veterano de la CIA) es más que un ejercicio de alarmante de retórica. La obra de las redes del terror está siempre presente, dice Mowatt-Larssen, y el ataque se prepara todos los días.

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