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lunes, 21 de junio de 2010

¿Quién se beneficia con la revolución de Kirguistán? (1/4)

 
por F. William Engdahl
Los nuevos y sangrientos enfrentamientos de los últimos días demuestran que la tensión está lejos de haber disminuido en Kirguistán desde la revuelta de abril de 2010, y muchas son las teorías y especulaciones en cuanto a quién o quiénes son los iniciadores de tales incidentes. El escenario más probable parece ser el de una revuelta espontánea dirigida desde el interior del país. Y es que Kirguistán se encuentra en pleno centro de los conflictos de intereses de varias potencias, tanto de la región y como de fuera de esta. F. William Engdahl analiza las cartas que tienen en sus manos cada uno de los tres actores que aspiran a prevalecer en Kirguistán y en la región.
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Manifestantes prenden fuego a una pancarta del depuesto presidente Kurmanbek Bakiev.
Situado en un extremo del Asia Central, Kirguistán constituye lo que el estratega británico Halford Mackinder no dudaría en llamar un eje geopolítico, o sea un territorio que, dadas sus características geográficas, ocupa una posición central en las rivalidades de las grandes potencias.
Ese pequeño y lejano país se está viendo sacudido actualmente por lo pudiera parecer una sublevación popular extremadamente bien organizada con vistas a desestabilizar al presidente atlantista Kurmanbek Bakiev. En sus primeras interpretaciones, algunos analistas emitieron la hipótesis de que Moscú estaría interesado en otorgar su apoyo a un cambio de régimen en Kirguistán.
Los hechos se atribuyen así a Moscú, que estaría aplicando su propia versión en negativo de las «revoluciones de colores» anteriormente instigadas por Washington, como la llamada revolución de las rosas registrada en Georgia en 2003, la revolución naranja ucraniana de 2004 y la revolución de los tulipanes de 2005, que puso en el poder al presidente proestadounidense Bakiev en el propio Kirguistán. Sin embargo, dado el contexto del cambio de poder que se está desarrollando en Kirguistán, resulta bastante difícil entender quién está haciendo qué y a favor de los intereses de quién.
Lo que sí se sabe, en todo caso, es que lo que está en juego tiene enormes implicaciones para el control militar de toda la región del continente euroasiático, desde China hasta Rusia y más allá. En efecto, esta situación tiene repercusiones para la futura presencia de Estados Unidos en Afganistán y, por ende, en toda Eurasia.

Un polvorín político

Revelaciones sobre sospechas de graves hechos de corrupción que pesaban sobre el presidente Bakiev y sobre varios miembros de su familia provocaron importantes protestas en marzo pasado. En 2009, Bakiev había revisado un artículo de la Constitución que enumeraba las disposiciones sobre la sucesión presidencial en caso de fallecimiento o de dimisión inesperada. Aquella revisión, ampliamente interpretada como un intento de instaurar un «sistema dinástico» de traspaso del poder, es uno de los factores que originaron las recientes protestas a través de todo el país. Bakiev puso a su hijo y a otros miembros de su familia en puestos claves en los que podían amasar grandes sumas de dinero –los estimados hablan de 80 millones de dólares al año– gracias a la autorización otorgada a Estados Unidos para la instalación de una base aérea en Manas y la firma de otros contratos [1].
Kirguistán es uno de los países más pobres del Asia central. Más del 40% de su población vive por debajo del llamado umbral de pobreza. Bakiev puso a su hijo Maxim (quien además dispone de suficiente tiempo y dinero como para ser uno de los propietarios de un club británico de fútbol) a la cabeza de la Agencia Central de Desarrollo, Inversión e Innovación, puesto que le permite controlar los recursos más inmediatamente rentables del país, como la mina de oro de Kumtor [2].
A finales de 2009, Bakiev aumentó fuertemente los impuestos a las empresas pequeñas y medianas y a principios de 2010 instauró nuevos gravámenes sobre las telecomunicaciones. También privatizó la mayor proveedora de electricidad del país y, en enero pasado, esa misma empresa –ya privatizada y, según se dice, vendida a ciertos amigos de la familia por menos del 3% de su valor estimado– duplicó el precio de la electricidad. Mientras tanto, el precio del gas urbano aumentó en un 1 000%, y hay que precisar que el invierno en Kirguistán es extremadamente inclemente.
La oposición acusaba a Bakiev de haber organizado una privatización complaciente de la red nacional de telecomunicaciones, que fue cedida a un amigo cuya empresa fuera de fronteras está domiciliada en Canarias. En realidad, la cólera popular contra Bakiev y sus comparsas es realmente justificada. Lo importante es quién está canalizando esa cólera y con qué objetivo.
Las protestas estallaron en marzo pasado cuando el gobierno decidió imponer un alza espectacular de la energía y las telecomunicaciones, cuyos precios se cuadruplicaron e incluso más, en un país ya exhausto. Durante las revueltas de principios de marzo, Rosa Otumbayeva fue nombrada vocero del Frente Unido, conformado por todos los partidos de oposición. La señora Otumbayeva exhortó entonces a Estados Unidos a adoptar una posición más activa contra el régimen de Bakiev y a condenar su poco respeto por las normas de la democracia, llamado que Washington dejó sin respuesta [3].
Según fuentes rusas bien informadas, en aquel momento Rosa Otumbayeva se entrevistó también con el primer ministro ruso Vladimir Putin sobre el deterioro de la situación. Al formarse el gobierno provisional bajo la dirección de Otumbayeva, Moscú fue el primero en reconocerlo y en proponerle una ayuda inmediata para la estabilización por 300 millones de dólares, transfiriéndole así parte del préstamo de 2 150 millones de dólares ya concedido en 2009 al régimen de Bakiev para la construcción de una hidroeléctrica en el río Naryn.
En principio, el préstamo ruso de 2 150 millones de dólares había sido concedido justo después de la decisión de Bakiev de cerrar la base estadounidense de Manas, decisión que los dólares estadounidenses echaron por tierra varias semanas más tarde. Para Moscú, había un vínculo entre la ayuda rusa y el anuncio del cierre de la base de Manas por parte de Bakiev. La actual entrega de 300 millones de dólares, provenientes del préstamo de 2 150 millones ya prometido anteriormente y reactivado después de la expulsión de Bakiev, iría directamente a las cajas del Banco Nacional de Kirguistán [4].
Según un despacho de la agencia de prensa moscovita RIA Novosti, el primer ministro depuesto, Daniar Usenov, afirmó al embajador ruso en Bishkek que los medios de prensa rusos, que gozan de gran presencia en el Estado ex soviético, cuyo idioma oficial sigue siendo el ruso, habían tomado partido contra el gobierno del dúo Bakiev-Usenov [5].

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