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miércoles, 8 de febrero de 2017

La estatua de la Libertad desde la óptica martiana


Por Lisbet Penín Matos

Era 28 de octubre de 1886 en la ciudad de Nueva York. Era uno de esos días en que prima la algarabía, en que se reúne mucha gente, ministros, funcionarios, incluso el presidente, que por aquellos años era Grover Cleveland.
La motivación de semejante alboroto prácticamente no necesita presentación, pues, se inauguró uno de los monumentos más reconocidos a nivel internacional. Muchas personas lo conservan en fotografías, postales, videos… por su simbolismo, su tradición y su belleza.
Fue una de las escenas norteamericanas de José Martí. Un Martí que nos remonta a un pasado, que, revisitado en sus Obras Completas conduce a nuevas experiencias.
Diría que es una de las crónicas más encantadoras, detallistas y deslumbrantes del Apóstol. Pero me gustaría compartir la opinión de Domingo Sarmiento en una carta enviada a Pablo Groussac:
Tuvo la inauguración de la estatua […] por historiógrafo a Martí, un cubano, creo, y Ud., verá que sus emociones son las del que asoma a la caverna de los cíclopes, u oye la algazara de los titanes, o ve rebullirse el mundo futuro […] Siendo Martí cubano, póngase “elocuencia hispano-americana”. Y bien, todas las grandezas de Martí, nuestro representante de la lengua castellana ha sentido, acogido y descripto van a quedar en Buenos Aires, y pasar como ráfaga perfumada en una hora […] Y aquí viene el objeto de esta carta y es pedirle que traduzca al francés el artículo de Martí, para que el teléfono de las letras lo lleve a Europa, y haga conocer esta elocuencia sud-americana áspera, capitosa, relampagueadora, que se cierne en las alturas sobre nuestras cabezas […]
statue-monochrome-statue-of-liberty-photography-2560x1440¡Qué suerte presenciar ese momento! Ese día La Estatua de la Libertad floreció para el mundo. Una libertad representada en fémina, del mismo modo que  Eugène Delacroix pintó La Libertad guiando al pueblo.
La estatua revela una mujer con una amplia estola y una corona de siete picos como muestra de siete continentes y siete mares. Su antorcha, sujetada en la mano derecha significa la iluminación del camino por la libertad, a la vez que remite al siglo de las luces y a un símbolo francmasón. En su mano izquierda se resguarda una tablilla que evoca la ley o el derecho a la libertad.
Archivos de prensa revelan que la crónica fue publicada un día después de la inauguración, el 29. Sobran las líneas delicadas, precisas, con hilos bien atados, como cada obra del más universal de los cubanos.
Con suma perspicacia hace alusiones a sucesos un poco picantes y los pone en voz de simples pobladores, e incluso del escultor de la obra. A veces mantiene un lenguaje sarcástico sobre todo cuando por hechos históricos se conoce que el destacado político y escritor francés Edouard-Rene Lefevbre de Laboulaye fue quien pensó en ofrecer un regalo de Francia a Estados Unidos en ocasión del aniversario 110 de su independencia.
Y sí fue Laboulaye quien inspiró al escultor Bertholdi, y como maestro de las letras, Martí recrea esta idea en la voz de uno de los visitantes, dice: (…) “propón a los Estados Unidos construir con nosotros un monumento soberbio en conmemoración de su independencia (…), la estatua quiere significar la admiración de los franceses prudentes a la práctica de la libertad americana”.
Con esta reflexión, Martí da algunas pistas de por qué Francia decidió entregar la estatua, pues el gesto no implicaba mera amistad y alianza. De historia se conoce que Francia apoyó la liberación estadounidense porque el rey estaba en contra de Inglaterra, antigua metrópoli de las Trece Colonias. Además, tal como refiere el autor de esta genial crónica, el objetivo de Francia era que Estados Unidos permitiera que construyeran tranquilamente el canal de Panamá.
En lo referente a la construcción del canal de Panamá, Martí escribe la posibilidad de transferir la construcción del canal a Estados Unidos: “¡Hasta luego en Panamá! donde el pabellón de las treinta y ocho estrellas de la América del Norte irá a flotar al lado de las banderas de los estados independientes de la América del Sur, y formará en el Nuevo Mundo para el bien de la humanidad, la alianza política y fecunda de la raza francolatina y de la raza anglosajona”.
Definitivamente, Francia sabía que con su obsequio, Estados Unidos sería su aliado en la guerra que por aquellos años libraba contra Alemania. Y sí, gustosamente EEUU aceptaría ayudar pues Alemania interrumpía los planes expansionistas en el área del Caribe, lo que demuestra las divergencias de ambos países con Alemania.
Según escribe Rodolfo Sarmiento en su artículo “José Martí y la Estatua de la Libertad”, publicado en la revista Honda, el investigador alemán Martin Franzbach encontró documentos en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Bonn que revelas los planes para Cuba del entonces canciller de Alemania Otto von Bismarck. Curioso, ¿no?
Entre los proyectos sobresalía el establecimiento de una base naval y la promoción de una política de emigración hacia la Isla, propósitos que nunca se concretaron. Esa era quizás la razón fundamental que podía provocar enfrentamientos entre la naciente potencia americana y la ya afianzada Alemania.
Lógico era, Estados Unidos luego de haber pensado muy bien cuál y cómo desarrollaría su política para adueñarse de Cuba, no permitiría que otra potencia europea le arrebatara el dulce de las manos. Llevaban muchos años cocinando la política de la Fruta Madura unida a la Doctrina Monroe, la cual deja muy claras sus intenciones cuando refiere “América para los americanos” .Estaban esperando el momento preciso para presionar a España, crear un pretexto e intervenir en el proceso emancipador que se gestaba en la mayor de las Antillas para alcanzar la libertad.
Y esa era la libertad de más añoraba Martí, pues desde las primeras líneas de su crónica deja claro un primer pensamiento para alguien muy especial: la Nubia[1].
“Terrible es, libertad, hablar de ti para alguien que no la tiene. Una fiera vencida por el domador no dobla la rodilla con más ira. Se conoce la hondura del infierno, y se mira desde ella, en su arrogancia de sol, al hombre vivo. Se muerde el aire, como muerde una hiena el hierro de su jaula. Se retuerce el espíritu en el cuerpo como un envenenado. Del fango de las calles quisiera hacerse el miserable que vive sin libertad la vestidura que le asienta. Los que la tienen, oh libertad, no te conocen. Los que no la tienen, no deben hablar de ti, sino conquistarte”
Y precisamente esa era la premisa martiana, para eso había pasado largo tiempo fuera de Cuba, porque había que conquistar con las armas esa libertad tan añorada. Esa lucha constante fue la que mostró la naturaleza rebelde de los cubanos, heredada del mestizaje de españoles, aborígenes, africanos,…
Claro, en el ideario martiano la máxima era no permitir la expansión del vuelo de águilas sobre esta tierra, hecho que en 1889 se convirtió en una realidad. Pero eso no implicó minimizar las ansias de construir un país con todos y para el bien de todos. Siempre hubo mujeres y hombres que inspirados en el Apóstol pusieron todo su empeño por alcanzar ese derecho inherente a la cultura y a las tradiciones patrióticas que afortunadamente tenemos hoy.

[1] Término empleado por José Martí en la obra de teatro Abdala para referirse a Cuba, su Patria.