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martes, 27 de junio de 2017

Cómo crear un país paria


Estados Unidos en último término
Tom Dispatch

Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García


¿Dejará Trump sentado un récord para los libros de historia?
En su propia y caótica manera, es maravilloso contemplarlo. Como corresponde a los sueños más locos de nuestro presidente, podría incluso resultar un récord que durara épocas, uno para los libros de historia. Después de todo, él fue el candidato que lo intuyó primero. Cuando quienes eran sus adversarios, al igual que los demás políticos de Washington, insistían todavía en que Estados Unidos continuaba estando en lo más alto, que no era una –sino la– “nación indispensable”, la única verdaderamente “excepcional” sobre la faz de la Tierra, él dijo algo diferente. Basó su campaña en la decadencia de Estados Unidos, en la creciente falta de excepcionalidad del país, en su potencial calidad de prescindible. Se montó sobre la expresión “otra vez” –como en “hagamos que Estados Unidos sea grande otra vez– dado que (eso estaba implícito) ya había dejado de serlo. Y juró que él –y solo él– era la mejor opción para que los estadounidenses, o al menos para quienes no eran inmigrantes y tenían la piel blanca, volvieran a vivir días mejores.
En ese sentido, él fue nuestro primer candidato de la decadencia; si eso no os dijo algo durante la campaña electoral, debería haberlo dicho. Se trata de un hecho incuestionable: él tocó una fibra sensible, hizo sonar una campana.. Porque en el país profundo era posible sentir una oscura realidad que no era palpable en Washington. El país más rico del planeta, el de mayor poderío militar en la historia de... bueno, nadie, en algún sitio, en algún momento (o eso se nos dijo una y otra vez)... era incapaz de ganar una guerra, ni siquiera gastando billones de dólares del contribuyente; con la fuerza de sus armas, solo era capaz de extender el caos.
Mientras tanto, en casa, a pesar de tanta riqueza, a pesar de la abundancia de milmillonarios –entre ellos, quien competía por la presidencia–, a pesar del paraíso corporativo habitado por Google y Facebook y Apple y demás, segmentos de este país y su infraestructura estaban empezando a sentirse claramente tercermundistas (para usar una palabra de otro universo). Trump también lo sintió. Decía frecuentemente cosas como esta: “Gastamos seis billones de dólares en Oriente Medio y no conseguimos nada... Y tenemos un sistema aéreo obsoleto. Nuestros aeropuertos son arcaicos. Nuestros ferrocarriles son vetustos”. Y esto: “Nuestros aeropuertos se parecen a los de un país del tercer mundo”. Y sobre la destartalada infraestructura del país no podría haber estado más acertado.
En algunos sectores, los trabajadores blancos y los estadounidenses de clase media de este país sentían que el futuro ya no les pertenecía, que tampoco sus hijos tendrían las posibilidades que ellos habían tenido, que ellos mismos estaban cada vez más lejos de tener las oportunidades que habían tenido. El ‘Sueño Americano’ parecía estar adquiriendo un aspecto casi de pesadilla, ya que el valor real del salario medio de un trabajador no había aumentado desde los setenta, ya que el costo de una formación universitaria se había disparado y el peso de la deuda educacional para los hijos con deseos de avanzar era asombroso, ya que la sindicalización estaba cayendo vertiginosamente y la desigualdad en los ingresos había crecido como nunca en la historia... bueno, ya conocéis la historia, la conocéis muy bien. Fundamentalmente, para ellos la expresión ‘Sueño Americano’ parecía ser cada día más una marca registrada de la que alguien se había apropiado.
¿Indispensable? ¿Excepcional? ¿Este país? Ya no lo era más. Por lo que estaban viviendo, ya no lo era.
Debido a eso, Donald Trump, se llevó el premio mayor de la lotería. Accedió al Despacho Oval con casi el 50 por ciento de los votos y una base fervorosa por sus promesas de volver a hacer todo otra vez, en el estilo de los años cincuenta.
El discurso promocional del multimillonario empresario fue extraordinario. Prometía un futuro de estratosférico esplendor, de grandeza a escala histórica. Prometía mantener lejos a los malignos –los violadores, los ladrones de puestos de trabajo y los terroristas–, ponerlos detrás de un muro o incluso prohibirles que alguna vez viajaran a este país. También prometía establecer unas marcas increíbles, unos récords que solo un mega-empresario como él era concebible que pudiera conseguir, el tipo de marcas totalmente estadounidenses que este país no veía desde hacía mucho, mucho, tiempo.
Y muy pronto en la era Trump, parece como si –en una puntuación, al menos–, él pudo entregar algo a los libros de récords y regresar a los tiempos en que quienes registraban los actos de gobierno lo hacían rayando una placa de arcilla o un trozo de cera. En este punto, existe al menos la posibilidad de que Donald Trump pueda presidir la más repentina decadencia de una potencia realmente dominante en la historia, una potencia que hasta hace poco se consideraba que estaba en la cima de la gloria. Podría resultar que fuera una caída muy prolongada. Es cierto que otra superpotencia de los tiempos de la Guerra Fría –la Unión Soviética– se derrumbó en 1991, en lo que fue la forma más fulminante imaginable de dejar el escenario global. Aun así, a pesar de que el “imperio del mal”, como se le llamaba en esa época, la URSS fue siempre la segunda, la más débil, de las dos superpotencias. Nunca se acercó a Roma, a España o a gran Bretaña. En el caso de Estados Unidos, estamos hablando de un país que hasta no hace mucho tiempo se veía a sí mismo como la única gran potencia que quedaba en el planeta Tierra, “la superpotencia solitaria”. Era la única que se mantenía en pie, triunfante en el final de una historia de rivalidad de grandes potencias que evocaba una época en la que los grandes navíos de guerra hechos de madera irrumpieron por primara vez en un mundo más vasto y empezaron a conquistarlo. Se mantuvo sola en lo que, como a sus defensores les gustaba proponer en ese momento, el fin de la historia.
Aplicando el poder duro a un mundo fallido
Tal como lo percibimos, parece bastante posible que veamos al presidente Trump, en vivo, tweet tras tweet, discurso tras discurso, danza de las espadas tras danza de las espadas, intervención tras intervención, acto tras acto, en el proceso de desmantelamiento del sistema global de poder –sobre todo, del ‘poder blando’ y de las alianzas de todo tipo– por medio de las cuales Estados Unidos hizo sentir su voluntad y se construyó como verdadero árbitro mundial. Ya sea que sus políticas de “Estados Unidos primero” estén apuntando a la creación de un futuro orden de autócratas, o petro-estados, o que sean apenas la expresión de sus libidinosos impulsos y odios secretos, quizás ya esté teniendo éxito en la tarea de desmontar el orden mundial de una forma que no tiene precedentes.
Pese a las creencias dominantes hoy acerca de la naturaleza del sistema que Donald Trump está desmantelando en Europa y otros lugares, este sistema era cualquier cosa menos “tolerante” o particularmente pacífico. Guerras, invasiones, ocupaciones, gobiernos debilitados o derribados, acciones brutales y conflictos de todo tipo se sucedieron unos a otros en los años del esplendor estadounidense. Las administraciones que pasaron por Washington tuvieron una notable debilidad por los autócratas; en esto, nada se diferenciaban de lo que hoy hace Donald Trump. Por lo general, no tenían el menor respeto por la democracia, ya fuera en Irán, Guatemala o Chile; la voluntad popular parecía interponerse en el camino de Washington (es una ironía de nuestro tiempo, como Vladimir Putin tuvo el placer de señalar recientemente, que el país que se ha entrometido en más procesos electorales, que ha debilitado y derribado gobiernos como ningún otro, esté tan irritado por la posibilidad de que una de sus elecciones haya sido manipulada desde fuera). Para hacer valer su sistema mundial, los estadounidenses no tuvieron reparos en torturar, crear prisiones clandestinas, asesinar y emplear otras nefastas prácticas. En esos años, Estados Unidos llevó soldados a cerca de mil bases militares fuera de sus fronteras, un despliegue planetario como ningún otro país había tenido nunca.
No obstante, la cancelación del acuerdo comercial transpacífico (TTP), la retirada del acuerdo climático de París, las amenazas lanzadas hacia el acuerdo comercial NAFTA, el debilitamiento de la OTAN, la promesa de arancelar los bienes de importación (y las potenciales guerras comerciales que podrían acompañar a cada uno de estos acontecimientos) podrían recorrer un largo camino en la dirección del desbaratamiento del sistema global estadounidense de poder blando y dominación económica tal como ha existido en estas últimas décadas. Si esas acciones y otras similares se hacen efectivas en los meses y años por venir, dejarán solo un tipo de poder en el temblequeante poder militar –duro– estadounidense, y su sirviente, el poder encubierto en el que Washington –particularmente mediante la CIA– lleva tiempo especializándose. Si las alianzas de Estados Unidos se resquebrajan y su poder blando se convierte en uno demasiado irritable o tenso para seguir siendo aceptado como dominante, su enorme maquinaria de destrucción continuará intacto, incluyendo su formidable arsenal nuclear. Mientras, en la era Trump, es evidente la decisión de recortar los gastos de todo tipo en el ámbito nacional, y volcar aún más dinero destinado a las fuerzas armadas, que ya están financiadas a un nivel que no alcanzan –combinadas– las otras potencias importantes.
Si se tienen en cuenta los últimos 15 años, no es difícil imaginar qué es posible que suceda con el aumento del poder militar: el desastre. Esto es especialmente cierto cuando Donald Trump ha nombrado a un grupo de generales en los puestos clave de su administración, unos generales que durante la última década y media combatieron las catastróficas guerras de Estados Unidos en todo el Gran Oriente Medio. No solo son absolutamente incapaces de pensar algo que no sea la aplicación del poder militar, sino que enfrentados con la crisis de las guerras fracasadas y países fallidos, de la proliferación de grupos terroristas y el creciente número de refugiados en una vasta y decisiva región, es evidente que solo son capaces de imaginar una única solución para cualquier problema: más de lo mismo. Más tropas, más mini-invasiones, más ataques aéreos, más incursiones con drones... más de lo mismo.
Después de una década y media de ese tipo de pensamiento, ya sabemos perfectamente cual es el final: más fracasos, más caos y sufrimiento, pero sobre todo la incapacidad de Estados Unidos de aplicar con eficacia su poder duro allá donde sea de una forma que no empeore las cosas. Dado que, además, la administración Trump está plagada de iranófobos –empezando por un presidente que muy recientemente se reunió con la familia real saudí en un intento de aislar y debilitar un poco más a Irán–, la posibilidad de que una versión ‘militares primero’ de la política exterior estadounidense se extendiera aún más no hace más que crecer.
Ese pensamiento basado en la idea de ‘más’ es típico también del resto de los personajes que hoy ocupan posiciones clave en la administración Trump. Ahí está la CIA, por ejemplo. Se dice que por orden de su nuevo director, Mike Pompeo (claramente, un tipo que tiene el chip ‘más’ implantado en la mollera y un iranófobo de primer orden), se han cubierto dos cargos clave: un nuevo jefe de contraterrorismo y un nuevo encargado de operaciones en Irán (identificado recientemente como Michael D’Andrea, un partidario de la línea dura de la Agencia cuyo apodo es “el Príncipe Oscuro”). Así es como Matthew Rosenberg y Adam Goldman del New York Times describieron hace pocos días su enfoque de ambos cargos: “La nueva función del señor D’Andrea forma parte de varios movimientos dentro del organismo de espionaje que indican un enfoque más musculoso de las operaciones encubiertas con el liderazgo de Mike Pompeo, republicano conservador y ex congresista, dicen los funcionarios. Recientemente, la Agencia nombró también un nuevo jefe de contraterrorismo, quien ha adelantado una mayor latitud para atacar a los terroristas”.
Para decirlo de otro modo: ¡más!
Quédese tranquilo el lector de una cosa: más allá de lo que Donald Trump consiguiera en su designio de desmantelar la versión estadounidense del poder blando, “sus” generales y agentes de espionaje manejarán hábilmente la parte ‘poder duro’ de la ecuación.
El primer anunciante del ‘Estados Unidos en último término’
Si en relación con la vertiginosa caída del sistema mundial estadounidense la presidencia Trump consigue un récord histórico, con la poca disposición que Donald tiene para compartir el mérito de algo, en ese logro sin duda tendrá que hacerlo. Es verdad que los reyes, emperadores y tiranos, quienes detentan el poder máximo en un momento dado, prefieren quedarse con todo el crédito por los “récords” conseguidos en su tiempo. Sin embargo, cuando miramos atrás, probablemente el presidente Trump será recordado como quien diera el empujón necesario a una estructura que se tambaleaba. Sin duda, para entonces será bastante claro que Estados Unidos, que en 1991 –desaparecida la Unión Soviética–, que estaba en lo más alto del poder de cualquier potencia, aparentemente en ese momento empezaba a avanzar hacia los éxitos, aunque envuelto con su aura de autocomplacencia y triunfalismo.
De no haber sido por esto, Donald Trump no habría ganado las elecciones de 2016. Después de todo, no fue él quien hizo que el interior profundo de Estados Unidos se sintiera cada vez más tercermundista. No fue él quien gastó billones de dólares en desastrosas invasiones y ocupaciones, guerras sin final, ataques con drones y operaciones especiales, reconstrucciones y ‘deconstrucciones’ en un interminable guerra contra el terror que hoy ya tiene todo el aspecto de una guerra realizada para la propagación del terror. No fue él quien creo la creciente desigualdad en este país ni quien produjo todos esos milmillonarios en medio de una población que se sentía cada vez más dejado en la estacada. No fue él quien subió las matrículas universitarias ni quien aumentó el nivel de deuda de los jóvenes ni quien dejó que las carreteras y puentes se viniesen abajo y los aeropuertos empezaran a parecerse a los del tercer mundo.
Si tanto el sistema estadounidense mundial como el nacional no hubiesen estado en descomposición antes de la entrada de Donald Trump en escena, ese “otra vez” tan suyo no habría funcionado. Pensémoslo de otra manera: cuando Estados Unidos estaba de verdad en el apogeo de su predominio y poder económico, los líderes estadounidenses no tenían necesidad de hablar continuamente de lo “indispensable” o “excepcional” que era este país. Eso no se mencionaba porque era demasiado obvio. Algún día, un historiador puede utilizar esas mismísimas palabras dichas por algunos presidentes y otros políticos de este país (y sus afirmaciones de que, por ejemplo, las fuerzas armadas de Estados Unidos eran “la más maravillosa fuerza de combate que el mundo haya visto en su historia”) como un conjunto de indicadores cada vez más defensivos para medir la decadencia del poder estadounidense.
Por lo tanto, esta es la cuestión: cuando lleguen a su fin los años (¿o los meses? Trump, ¿no será acaso Estados Unidos un país paria en lugar de la nación más excepcional del planeta? ¿Será todavía ese “otra vez” el relato del año, la década, el siglo? ¿Acabarán siendo los últimos paladines del ‘Estados Unidos primero’ los primeros en anunciar el ‘Estados Unidos en último término’? ¿De verdad será este un récord para asentar en los libros?
Tom Engelhardt es cofundador del American Empire Project, autor de The United States of Fear y de una historia de la Guerra Fría, The End of Victory Culture. Forma parte del cuerpo docente del Nation Institute y es administrador de TomDispatch.com. Su libro más reciente es Shadow Government: Surveillance, Secret Wars, and a Global Security State in a Single-Superpower World

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