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miércoles, 14 de marzo de 2018

VIII Cumbre de las Américas: ¿cima o sima?


José Steinsleger /I

En guatemalteco, la expresión de a sombrero tiene varias acepciones. Puede aludir al que nada le pide al cuerpo, sólo ir a recoger el cheque, o el que espera que le paguen sin ir a trabajar. O bien, el colado que concurre a un acto para armar bronca, tal como en días pasados lo hicieron Andrés Pastrana y Jorge Quiroga, ex gobernantes de Colombia y Bolivia a los que Cuba deportó por correveidiles de la CIA.
Optando por las dos primeras me pregunté, entonces, cuántos presidentes de a sombrero habían desfilado por las Cumbres de las Américas (CA), desde la primera que tuvo lugar en Miami (diciembre de 1994). Así, y excluyendo a Pedro el breve (el payaso que en abril de 2002, durante el golpe fallido contra Hugo Chávez, duró menos de 48 horas en el cargo), conté 84 presidentes de a sombrero.
Del registro excluí a los dignos jefes de Estado o de gobierno del Caribe anglófono y francófono, y a los seis que lo harán por primera vez en la octava CA de Lima, prevista para el mes entrante: Jovenel Moise (Haití), Mauricio Macri (Argentina), Michel Temer (Brasil), Lenín Moreno (Ecuador), Pedro Pablo Kuczcinsky (Perú). Y, cómo no, al único que lo fue en la realidad y la ficción: el gran Jimmy Morales, presidente de Guatemala y actor principal de la película que dirigió: Un presidente de a sombrero (2007).
Naturalmente, a los 84 contados, hay que añadir y distinguir a los 13 presidentes que no fueron a las CA de a sombrero: Bertrand Aristide (Haití), Lula da Silva (Brasil), Néstor Kirchner y Cristina Fernández (Argentina), Rafael Correa (Ecuador), Evo Morales (Bolivia), José Mujica (Uruguay), Fernando Lugo (Paraguay), Daniel Ortega (Nicaragua), Manuel Zelaya (Honduras), Salvador Sánchez Cerén (El Salvador), Hugo Chávez y Nicolás Maduro (Venezuela).
Impulsada por el Departamento de Estado y su ministerio de colonias, la OEA, los presidentes de la primera CA suscribieron un fantástico pacto para el desarrollo, la prosperidad, y la conservación y fortalecimiento de la democracia. Allí estaban Carlos Menem (Argentina), Ernesto Zedillo (México), Violeta Chamorro (Nicaragua), Ernesto Samper (Colombia), Rafael Caldera (Venezuela), Alberto Fujimori (Perú), Gonzalo Sánchez de Lozada (Bolivia), Eduardo Frei-Ruiz Tagle (Chile), etcétera, y el fallecido dinosaurio Joaquín Balaguer, de República Dominicana, excelentemente pintado en la insidiosa novela de Mario Vargas Llosa, La fiesta del chivo (2000).
Sin embargo, aquella primera de las CA tuvo como telón de fondo la espectacular irrupción del neozapatismo en el año que México ingresó al TLC por la puerta de la cocina (enero). Junto con los magnicidios del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio (marzo), y del secretario general del PRI, José Francisco Ruiz Massieu (septiembre), y la restitución en Haití del presidente Aristide, con ayuda del portaviones USS Eisenhower.
Convencidos del fin de la historia y las ideologías, los presidentes de a sombrero que fueron a Miami descontaban que pronto caería la revolución cubana. Pero en proyección, ninguno supo vislumbrar el profético por ahora de Hugo Chávez, luego del fallido golpe del 4 de febrero de 1992. Así como el sobreseimiento que el presidente Caldera le otorgó al líder de la revolución bolivariana, en marzo de 1995.
Dos años después, en víspera de la segunda CA (Santiago de Chile, abril de 1998), el escenario político regional andaba medio estremecido por la poblada contra el increíble presidente Abdalá Bucaram, a quien el Parlamento de Ecuador destituyó por insania mental (febrero de 1997). Tercer alzamiento popular que, por aquellos años, contaba con antecedentes similares: Fernando Collor de Melo, en Brasil (diciembre de 1992), y Carlos Andrés Pérez, en Venezuela (mayo de 1993).
Tapándose los oídos, los presidentes de a sombrero barajaron en Chile las recetas para la preservación y fortalecimiento de la democracia, la justicia y derechos humanos, la integración económica y libre comercio, la erradicación de la pobreza y la discriminación.
Sin embargo, en febrero de 2000, otra poblada terminaba con el presidente de Ecuador Jamil Mahuad, responsable del famoso feriado bancario, la dolarización, y el consentimiento para que el Pentágono instalase una base militar en el puerto de Manta. Y a todo esto, en noviembre del mismo año, el Parlamento de Perú destituía al genocida Alberto Fujimori, por incapacidad moral para ejercer el poder.
En la tercera CA (Quebec, abril de 2001), los presidentes de a sombrero se lucieron discutiendo en torno a 18 temas, y adoptando nada menos que 254 mandatos (sic), destinados a ser letra muerta: democracia, derechos humanos, justicia, seguridad hemisférica, sociedad civil, comercio, gestión de desarrollo, desarrollo sostenible, desarrollo rural, crecimiento con equidad, educación, salud, igualdad de género, pueblos indígenas, diversidad cultural, infancia y juventud.
Todo eso pour la galerie. Pero en letra chiquita, el garrote del intervencionismo yanqui escondido: la mañosa Carta Democrática de la OEA, en la que se afirma que un gobierno elegido en comicios libres y limpios, podía caer, en su ejercicio, en actitudes antidemocráticas y autoritarias.

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